Tu quoque 127

La escritura puede acabarse de golpe. No avisa. Un día escribes la última frase sin saberlo. Después todo continúa, pero ya no hay impulso. El mundo sigue siendo intolerable, pero ya no hay medio para decirlo. Ese es el verdadero final. Está cerca. Lo intuyo. No es un bloqueo espectacular, sino una sequedad progresiva. Escribir se parece entonces a hablar con alguien que no responde. Lo peor no es el silencio, sino el hábito del silencio. Tal vez un día no vuelva a escribir, y no será una tragedia visible, sino una desaparición discreta. Si un día no pudiera escribir más, no sabría decir quién soy. La escritura no es para mí una actividad: es una prueba de existencia. Sé que se acerca esa noche irreversible.

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