Tu quoque 129

Pasé muy buena mañana y muy buena tarde, leyendo, escribiendo mucho. Esta nota la escribo con temor y temblor. Me asolan ahora delirios de alusión. Creo que todo parece estar secretamente dirigido contra mí. No son los hombres los que hablan, sino los signos. Los gestos, las miradas, los silencios adquieren un sentido demasiado preciso. Nada es casual. Todo está dispuesto como en una trama invisible. Estoy rodeado de enemigos invisibles. Los hechos más insignificantes se organizan contra mí con una coherencia sospechosa. Una palabra leída al azar, una mancha en la pared, un ruido cualquiera, el sonido de la policía, una coincidencia mínima: todo se enlaza. Pese a que SÉ que todo es falso, CREO que es verdadero. La vivencia (muy angustiosa) se impone sobre el desmentido de la razón.

Y veo ratas, con formas y colores de una nitidez mayor que la de las ratas reales. No son fantasías: tienen peso, volumen, presencia, corren por el pasillo.

Me cuesta respirar, el cuerpo está agotado, el corazón desbocado. Inquieto por una extrema nebulosa de ansiedad flotante. Noto que puedo morir en cualquier momento. Un ataque de pánico.

Daría mi vida por ser normal.

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