Tu quoque 131

Buenos días. En medio del invierno aprendí que había en mí un verano invencible. Y ese descubrimiento no fue una teoría, sino una sensación muy simple: una mañana clara, el café caliente, la calle que despierta. A veces la felicidad no consiste en comprender, sino en aceptar el día tal como viene. Hoy me levanté temprano y contento. No por tener grandes razones, sino porque el día estaba ahí. Abrí la ventana y la realidad no me pidió nada. Existir, en ciertos momentos, es suficiente. Hay una felicidad discreta en no exigirle a la vida que sea más de lo que es. Buenos días. Hay mañanas en que uno siente que no ha perdido la batalla. No ha ganado nada, pero tampoco ha sido derrotado. El simple hecho de estar de pie, de caminar hacia el día, ya es una forma de victoria silenciosa. Me despierto. No ocurre nada extraordinario. Y sin embargo, todo está intacto. El mundo sigue ahí, obediente y discreto. Hay una felicidad mínima, casi vergonzosa, en comprobar que uno todavía forma parte de él. Buenos días.

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