De nuevo en la Ribeira Sacra, tras el paréntesis vacacional en Barcelona. “Y así, después de haber visto muchas ciudades y conocido el ánimo de muchos hombres, volvió por fin a su casa, deseable y firme como la tierra prometida. No halló el hogar intacto ni el tiempo detenido, pero halló lo esencial: el reconocimiento, la mesa compartida, la palabra que vuelve a ser suya. Porque no hay alegría más grande que la del hombre que, tras haber errando largamente, vuelve a sentarse bajo su propio techo y nombra de nuevo las cosas con el nombre que siempre tuvieron”, Homero, «Odisea», Canto XXIII.
Y Séneca, «Cartas a Lucilio»: “Volver a casa es volver a uno mismo. Nada aprovecha haber recorrido mares y caminos si el ánimo sigue errante. Feliz es aquel que, al cruzar el umbral, siente que también su espíritu se ha recogido y ha dejado fuera el ruido del mundo.”
Regresar a Galicia es volver a una biblioteca viva. Mi biblioteca. Aquí los libros no están cerrados; hablan con la niebla, con los pájaros, con la helada matinal. Tras la morriña, abrí mis viejos volúmenes como quien saluda a amigos que no reprochan la ausencia. Mi colección de clásicos de Alba, las ediciones de Acantilado, los volúmenes de Hiperión, la serie de monografías de historia de la lógica, los tomitos de Alianza. En Galicia, en mi casa, leer es una forma de conversación; y volver, una manera de reanudarla. Uno vuelve a Galicia con menos ruido y más atención. Los libros, que parecían gastados, recobran su filo. La morriña se disipa al sentarse uno a leer sin prisa, oyendo llover. No hay consuelo mayor que reconocer el paisaje mientras se reconocen las palabras.
