Tu quoque 134

Ægidius Librarius de Campania nació en una familia sin libros y, quizá por eso, dedicó su vida a reunirlos. A partir de los treinta años se especializó en la historia material de la lógica; no en los sistemas, sino en sus transmisiones. Coleccionó ediciones latinas de Aristóteles con escolios marginales, comentarios medievales impresos en tipos góticos ilegibles, manuales barrocos de logica utens y logica docens, tratados olvidados de Port-Royal, panfletos del siglo XVIII contra el silogismo, y primeras ediciones del siglo XIX donde la lógica intentaba parecer una ciencia exacta.

Su biblioteca —unos 7.800 volúmenes— no estaba ordenada cronológicamente ni por autores, sino por problemas: universalibus, suppositionibus, fallaciis, calculo, lenguaje, paradoja. Decía que los libros debían discutir entre sí, no dormir en fila.

Nunca publicó un libro propio. Solo artículos marginales en revistas provinciales y prólogos para catálogos que nadie leía. Afirmaba que escribir demasiado sobre lógica era una forma de traicionarla.

Fue un sabio guardián de lo frágil. Custodiaba palabras, ideas, formas de excelencia que el mundo moderno tiende a despreciar. No era un optimista. Pero resistió. Su sabiduría no era acumulación de conocimientos, sino capacidad de juzgar. Distinguía cuando otros confunden, se detenía cuando otros se precipitan. Su pensamiento no era automático, sino minucioso y reflexivo.

He conocido hombres cuya ambición no era mandar ejércitos ni fundar dinastías, sino reunir libros raros y útiles. Eran príncipes de papel, soberanos silenciosos. Sus bibliotecas, bien ordenadas y abiertas al uso, valían más que muchos reinos, porque en ellas se conservaba aquello que los reinos destruyen primero: la memoria crítica.

Ægidius Librarius de Campania no amó el libro como se ama un objeto meramente útil, ni siquiera como se ama una obra de arte aislada, sino como se ama una criatura viva, frágil, expuesta al olvido y a la destrucción. He conocido hombres capaces de sacrificar una fortuna, una carrera, incluso una reputación respetable por salvar una edición perseguida, un impreso condenado, un volumen sin nombre. Y no los considero excéntricos: los considero guardianes. Ellos saben —y esto los distingue— que cada libro perdido empobrece el espíritu humano de una manera que ninguna estadística puede medir.

Murió en 2019, discretamente. Su biblioteca fue adquirida por una universidad que tardó tres años en catalogarla. Muchos volúmenes permanecen sin abrir, con fichas manuscritas dentro, esperando a alguien que sepa leer no solo el texto, sino el silencio que Ægidius había dejado entre libro y libro.

Por este género de hombres vale la pena estar vivo.

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