Tu quoque 135

Leámoslo atentamente. Johann Sebastian Bach: «La finalidad y razón última de toda música no debería ser otra que la gloria de Dios y la recreación del espíritu. Allí donde no se tenga en cuenta esto, no hay verdadera música, sino un retumbar diabólico y una charlatanería vana. Cuando la música se practica como debe, dispone el ánimo a la tranquilidad, templa las pasiones y ordena el pensamiento. Es un arte severo, y por ello profundamente consolador. La música no divierte, sino que edifica». Y Ludwig van Beethoven: «La música es una revelación más alta que toda sabiduría y toda filosofía. Quien penetra en su esencia se libera de las miserias que atormentan a los demás hombres. La música es el vino que inspira nuevos procesos de creación, y yo soy Baco que exprime este glorioso vino para la humanidad. Cuando abro una partitura, no busco placer; busco verdad, y la verdad exige disciplina, sacrificio y silencio».

La música, mi segunda vocación, no expresa ideas claras, sino algo más profundo: la estructura secreta del tiempo. Una frase musical puede contener más vida que un volumen entero de confesiones. Escuchar música seriamente es una forma de ascesis pues exige concentración, humildad y la renuncia al yo trivial.

El único arte que ha logrado una exactitud sin caer en la rigidez. En ella encontramos el ideal de una vida en la que la precisión no excluye la emoción, y donde la forma es una ética. La música pertenece al linaje de las fuerzas que no quieren convencer, sino transformar. Escucharla seriamente es un ejercicio de obediencia interior; uno se entrega a una ley que no ha dictado, pero que reconoce como verdadera. Por eso la música clásica es siempre un retorno al orden, incluso cuando parece exaltación.

Mientras dura, deja de haber biografía, anécdota, queja. Solo queda una corriente de sentido que no se deja traducir en palabras. Tal vez sea el único arte que nos permite existir sin explicarnos. No habla solo de las cosas, sino de la relación secreta entre ellas.

Quien la escucha de verdad no sale reconfortado, sino ensanchado, como si su capacidad de soportar el mundo hubiera aumentado.

Deja un comentario