Tu quoque 136

La lógica no es una técnica entre otras, sino el esqueleto mismo del pensamiento. Quien la estudia no aprende a razonar mejor en un sentido práctico, sino a comprender qué es razonar. En ella no hay psicología, ni historia, ni contingencia: solo validez. Y esa impersonalidad es su grandeza.

Permítanme este tren de citas. Léanlas con sumo cuidado, son muy jugosas. David Hilbert: «La lógica matemática es el tribunal supremo ante el cual deben comparecer todas las teorías. No es fría por carencia de vida, sino por exceso de rigor. Allí donde la intuición vacila, la lógica sostiene; donde el lenguaje se vuelve equívoco, la formalización devuelve claridad». Bertrand Russell: «La lógica matemática posee una belleza austera, comparable a la de una escultura griega. Nada superfluo, nada emocional: solo forma pura. Para ciertas mentes —y son las más raras— esa desnudez resulta embriagadora».

Y Alfred Tarski: «La verdad es un concepto lógico antes que metafísico. Cuando logramos definirla formalmente, no la empobrecemos: la salvamos del equívoco. La lógica no elimina el misterio, pero impide que lo confundamos con confusión». O el enorme Kurt Gödel :«La lógica matemática no reduce el pensamiento; revela su estructura invisible. Mis teoremas no muestran los límites de la razón, sino la profundidad de aquello que la razón puede vislumbrar sin poseer. Quien ama la lógica suele ser, en el fondo, un metafísico disciplinado».

Alonzo Church: «La formalización no empobrece el pensamiento; lo vuelve responsable. Cada símbolo exige dar cuenta de sí. En lógica no se puede insinuar: hay que afirmar o callar». Y el mayor filósofo del siglo XX, Willard Van Orman Quine: «La lógica es la gramática del ser. Cambiar de lógica es cambiar de ontología. Quien se forma en lógica aprende a desconfiar de las palabras y a respetar las estructuras».

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Mi fascinación temprana por las matemáticas —su reino gélido, impersonal, necesario— es clásica en mentes que buscan orden sin asomo biográfico, verdad sin quincalla psicológica y sentido sin retórica

La matemática atrae a quienes necesitan un mundo donde nada dependa del humor, de la pasión, del poder o de la impostura.

Mi paso por la lógica de primer y segundo orden, la teoría de modelos, el álgebra universal, las estructuras, semántica, y la formalización, no fue anecdótico: ahí estaba el puente. La lógica es el lugar donde las matemáticas empiezan a hablar y donde el lenguaje empieza a medirse a sí mismo.

Mi “giro estético” no fue traición. El encuentro con la poesía (ese libro de Moral y Pereda, a mis quince años, «Joven poesía española», Cátedra) no anuló mi vocación matemática, sino que la desplazó al plano del lenguaje. Descubrí que el lenguaje también tiene estructura, y que el ritmo es una forma de orden, y que la sintaxis puede ser tan estricta como un sistema axiomático.

¿La paradoja del “psicótico lógico”? No hay tal paradoja. Al contrario: la lógica es a menudo refugio de mentes hipersensibles, no de mentes frías. Muchos grandes lógicos (Gödel, Cantor, Church, Rosser) tuvieron mentes frágiles, obsesivas, extremas. La lógica no los volvió inestables, al contrario, les permitió sobrevivir intelectualmente.

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Debo hacer impúdicas confesiones. Hay algo decisivo en mi autobiografía y que no es nada común: no confundí nunca el sufrimiento con una patente moral para conducirme irresponsable o cruelmente. Mucha gente, tras una infancia rota o una enfermedad devastadora, se concede a sí misma el derecho a endurecerse, a despreciar, a devolver el golpe. La saña con la saña, la hostilidad con la hostilidad, el odio con el odio. Yo no -y disculpen el auto-halago. Y no por debilidad, sino por elección reflexiva.

Mi vida tiene una fractura axial muy clara: una infancia protegida, casi principesca, seguida de una caída brutal en la intemperie. Ese tipo de caída suele producir dos cosas: cinismo o bien ferocidad. En mi caso produjo otra cosa más rara: una ética, una ceremonia de las formas educadas, victorianas, casi de honor feudal. Decidí —consciente o inconscientemente— que si el mundo iba a ser hostil, yo no lo sería; que si la realidad era grosera, yo cuidaría las maneras; que si el entorno era brutal, yo respondería con cortesía, estudio y contención.

Fernando Pessoa, aislado, fragmentado, profundamente depresivo, pero nunca resentido : “He sufrido mucho por no ser nadie. He sufrido mucho por serlo. He sufrido por todo y por nada. Pero nunca he culpado al mundo: el mundo es lo que es, y yo soy como puedo.” O Virginia Woolf, con crisis psiquiátricas devastadoras, hospitalizaciones y miedo constante a la locura, y que nunca escribió desde el rencor, sino desde la compasión: “La vida no es una serie de lámparas simétricas dispuestas; la vida es un halo luminoso, una envoltura semitransparente que nos rodea desde el principio de la conciencia hasta el final. ¿No es tarea del novelista transmitir este espíritu variable, desconocido e ilimitado?”.

No me convirtí en lo que me hirió. Creo que fui noble. Una abrazo cariñoso a todos. De veras.

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INFORME PSIQUIÁTRICO

Profesional firmante:

Dra. Isabel García Lado

Especialista en Psiquiatría

Paciente: Varón, 52 años

Fecha de evaluación: —

Motivo de consulta: Entrevista clínica en el contexto de evaluación psiquiátrica longitudinal.

ANTECEDENTES PERSONALES Y CLÍNICOS

Paciente varón de 52 años, con seguimiento psiquiátrico de larga evolución. Consta antecedente de trastorno psicótico crónico con inicio en la adolescencia temprana, con curso prolongado y estructuración progresiva del contenido delirante a lo largo de más de dos décadas.

No constan antecedentes de deterioro neurocognitivo ni enfermedad neurológica orgánica conocida. Conserva plena autonomía funcional en actividades básicas e instrumentales de la vida diaria.

OBSERVACIÓN DURANTE LA ENTREVISTA

Durante la entrevista, el paciente se muestra colaborador, con actitud correcta y disposición activa al intercambio verbal. Mantiene contacto visual adecuado y actitud aparentemente afable.

Se objetiva presión en el habla, con tendencia a la logorrea controlada, sin fuga de ideas ni disgregación formal del pensamiento. El discurso presenta una estructura narrativa extremadamente cuidada, con notable precisión léxica, elevada coherencia interna y desarrollo argumentativo lógico, prístino y nítido.

El lenguaje es rico, culto y elaborado, sin presencia de alogia, empobrecimiento verbal ni signos de déficit socio-lingüístico. No se detectan errores sintácticos, semánticos ni pragmáticos relevantes. La capacidad de abstracción, simbolización y asociación se encuentra conservada y, en determinados pasajes, notablemente hipertrofiada.

No se aprecian signos de deterioro cognitivo, ni alteraciones mnésicas, atencionales o ejecutivas durante la entrevista clínica.

ACTITUD RELACIONAL Y DINÁMICA INTERPERSONAL

Durante la entrevista, el paciente adopta una actitud que podría describirse como seductora en el plano intelectual, intentando conducir la relación terapéutica hacia un terreno de afinidad cultural. Introduce de manera recurrente referencias a tradiciones de la psiquiatría y psicología alemana, citando autores y escuelas con el objetivo implícito de situarse en un plano de igualdad o superioridad intelectual frente a la entrevistadora.

Este estilo relacional no es hostil ni confrontativo, sino marcadamente estratégico, con tendencia a envolver el intercambio clínico en una pátina erudita, filosófica y literaria, que puede dificultar la delimitación estrictamente clínica del contenido psicopatológico.

CONTENIDO DEL PENSAMIENTO

Se constata la presencia de delirio estructurado, de larga datación, con temática fundamentalmente persecutoria y de referencia.

El paciente mantiene la creencia firme, no compartida por su entorno sociocultural, de estar siendo objeto de vigilancia continuada por servicios de inteligencia estatales desde hace aproximadamente 20 años. Dentro de este sistema delirante, se identifica la convicción de pertenencia a servicios de inteligencia extranjeros, incluyendo la creencia de haber actuado como agente doble en diferentes estructuras internacionales.

El sistema delirante presenta un alto grado de coherencia interna, con una narrativa compleja, sostenida en el tiempo y notablemente resistente a la confrontación racional. No se trata de un delirio fragmentario o desorganizado, sino de una construcción ideativa amplia, articulada y extraordinariamente elaborada.

Destaca que el paciente no presenta vivencias delirantes caóticas, sino un entramado narrativo consistente, que integra elementos autobiográficos, históricos, políticos y literarios, dotándolos de continuidad temporal y causalidad lógica.

EXPRESIÓN CREATIVA Y ELABORACIÓN SIMBÓLICA

El paciente canaliza de manera preferente su mundo delirante a través de producciones literarias, especialmente en forma de textos narrativos, novelas epistolares y supuestos informes de servicios de inteligencia, completamente inventados, pero redactados con una verosimilitud formal notable.

Estas producciones no muestran deterioro formal del pensamiento, sino, por el contrario, una capacidad excepcional para la construcción de universos narrativos coherentes, con estilo cuidado, referencias culturales precisas y dominio de registros burocráticos y técnicos.

Puede afirmarse que el paciente literaturiza su psicopatología, transformando el delirio en un artefacto estético, filosófico y narrativo, lo que actúa parcialmente como mecanismo de contención simbólica.

RASGOS DE PERSONALIDAD Y FUNCIONAMIENTO PSICOSOCIAL

Se trata de una persona marcadamente solitaria, con tendencia al aislamiento social, escasas relaciones interpersonales estables y un mundo interior de gran densidad imaginativa.

Presenta una intensa vida psíquica, con predominio de la introspección, la autorreflexión y la elaboración conceptual de la experiencia. Todo acontecimiento vital es rápidamente traducido a constructos literarios, filosóficos o simbólicos, funcionando el lenguaje como principal mediador entre el sujeto y la realidad.

Se observa una clara hipertrofia del yo narrativo, con una identidad construida en gran medida a través del relato que el propio paciente produce sobre sí mismo.

JUICIO CLÍNICO

Paciente con trastorno psicótico crónico, con delirio persecutorio y de referencia altamente estructurado, sin deterioro cognitivo asociado, con conservación de capacidades intelectuales superiores y notable habilidad verbal y narrativa.

La particularidad del caso reside en la coexistencia de psicopatología delirante con un funcionamiento intelectual elevado, lo que confiere al delirio una apariencia de racionalidad, orden y profundidad que puede resultar engañosa en una primera aproximación clínica.

CONCLUSIÓN

Nos encontramos ante un sujeto con una imaginación poderosa, una capacidad verbal extraordinaria y una tendencia marcada a la elaboración simbólica de su experiencia psicótica. El delirio no aparece como ruptura caótica con la realidad, sino como un sistema narrativo cerrado, de gran coherencia interna, integrado en su identidad personal y reforzado por su producción literaria.

El abordaje clínico debe tener en cuenta esta complejidad, evitando confrontaciones directas y considerando el valor que la creación simbólica tiene como forma de estabilización subjetiva.

Firma:

Dra. Isabel García Lado

Especialista en Psiquiatría

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«La melancolía no es una pasión pasajera, sino un estado habitual del alma, que vuelve una y otra vez, incluso cuando parece haber sido vencida. El hombre puede razonar contra ella, puede despreciarla, puede reírse de sí mismo; pero cuando regresa, lo hace con una gravedad tan real como cualquier enfermedad del cuerpo», Samuel Johnson, que sufría lo que hoy llamaríamos trastorno depresivo con ansiedad severa, y lo trató sin lirismos fáciles.

Vuelvo a mi egolatría sin imaginación, sí, continúo hablando de mí mismo. Hoy, sobre las cinco y media, me dio un ataque de pánico atroz. El miedo no venía de ningún objeto visible. No había forma, ni sonido, ni causa discernible. Y sin embargo la mente se sentía invadida por una expectación terrible, como si algo monstruoso estuviera a punto de manifestarse. Era un pánico sin nombre, una anticipación sin contenido, pero no por ello menos real. Un estado de perpetua ansiedad. La realidad se me aparecía como un decorado frágil, a punto de resquebrajarse. No sabía si debía temer más a las visiones que me asaltaban o al momento en que me abandonarían, dejándome solo con una razón devastada, cansada y desdichadamente lúcida.

Aparece una sensación de irrealidad; los objetos siguen ahí, pero han perdido su peso ontológico. El miedo no tiene causa clara; es una marea que sube, cubre y ahoga. Una crecida de barro hasta la boca. El cuerpo se fatiga, la mente se fragmenta, y cualquier palabra pronunciada suena falsa, ajena, inútil. Casi es histeria visible (entumecimiento, temblor, falta de aire, mareo, inestabilidad, taquicardia etcétera) Una vivencia aterradora.

Todo pensamiento se vuelve acusatorio. El miedo no es a la muerte, sino a no poder sostener tu vida ordinaria. La ansiedad se convierte en una forma de vigilancia constante, como si el juicio final pudiera producirse en cualquier momento.

Plath describe el pánico como una invasión física; el aire se vuelve insuficiente, el cuerpo pesa demasiado, la mente pierde su eje. No es tristeza; es urgencia. Todo ocurre demasiado rápido. La sensación dominante no es “quiero morir”, sino “no puedo seguir así ni un segundo más».

William James reflexionó sobre la salud mental: «Hay temperamentos para los cuales el mundo es naturalmente un lugar hostil. Su experiencia no es una desviación patológica, sino una revelación parcial de la verdad. La salud mental absoluta puede ser tan ilusoria como la felicidad perpetua».

Disculpen tanto abuso al hablar solo sobre mí. Soy un testigo obligado de mi propio infierno. La angustia no es exceso de yo, sino falta de mundo.

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Permítanme concluir con un convoy bien largo de citas. Son de autores raros. Léanlas, si son tan amables. Se aprende mucho. Describían y escribían como los elegidos.

«Encerrado entre cuatro paredes, descubrí que el verdadero encierro no era el del cuerpo, sino el de la mente. Hay días en que el espíritu se despierta con una inquietud inexplicable, como si hubiera recibido durante la noche una noticia funesta que no recuerda. Nada duele con precisión, y sin embargo todo pesa. El alma, privada de objeto, se fatiga de sí misma y se convierte en su propia prisión», Xavier de Maistre.

«Hay momentos en los que el pensamiento se vuelve contra sí mismo y se observa como un enemigo. La conciencia, en lugar de iluminar, abrasa. Todo impulso parece sospechoso; toda emoción, excesiva. El sujeto se siente culpable sin crimen y temeroso sin amenaza. Esta es una enfermedad del alma que no se cura con razonamientos, porque el razonamiento mismo ha sido contaminado», Karl Philipp Moritz.

«Me observo vivir con una atención que se vuelve cruel. Nada hago sin examinarlo, nada siento sin disecarlo. El resultado es una parálisis del alma. La vida huye mientras yo la analizo. De esta vigilancia excesiva nace una angustia sorda, constante, que no tiene explosiones, pero que lo invade todo, como una niebla que no se disipa», Henri-Frédéric Amiel

«Hay días en que mi cuerpo se comporta como si estuviera a punto de denunciarme por existir. El corazón late con excesiva elocuencia, los nervios inventan mensajes alarmantes, y la mente, en lugar de desmentirlos, los escucha con una atención supersticiosa. Llamamos a esto imaginación; pero la imaginación, cuando se alía con el cuerpo, se convierte en tiranía», Georg Christoph Lichtenberg.

«El hombre moderno sufre menos por lo que es que por lo que cree que debería ser. De esta escisión nace una inquietud perpetua. El yo real se siente constantemente juzgado por un yo imaginario, y de ese juicio nace una ansiedad que no se puede satisfacer con ninguna acción concreta», Jules de Gaultier.

«La angustia no provenía de un peligro físico inmediato, sino de la certeza de que el orden del mundo se había alterado. Cada sensación corporal adquiría un significado desmesurado. El miedo no era a la muerte, sino a una transformación incomprensible, a la pérdida de toda ley conocida», Daniel Paul Schreber.

«Siento en mí una impaciencia que no busca objeto. Todo me irrita, incluso aquello que amo. Es una fiebre moral: no quema, pero consume. El alma se agita sin dirección, como un animal encerrado que ya no recuerda el campo», Paul-Louis Courier.

«Mi sistema nervioso se adelanta a mi voluntad. Siento antes de pensar, temo antes de comprender. El mundo se vuelve excesivo, y cualquier estímulo, por pequeño que sea, resuena como una amenaza. No es locura; es una sensibilidad llevada más allá de su punto habitable», Marcel Schwob.

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(Diarios de manicomio I)

León Carlos de la Torre. Manicomio de Leganés, manuscritos inéditos parciales. Figura rarísima del XIX español. Escribe con una lucidez que el propio manicomio invalida.

«No estoy aquí por haber perdido la razón, sino por haberla llevado demasiado lejos. Mi pensamiento no descansa; se pliega sobre sí mismo como un animal herido. Los médicos llaman a esto delirio; yo lo llamo exceso de vigilia. El mayor castigo no es el encierro, sino la imposibilidad de convencer a nadie de que aún comprendo».

Miguel de Unamuno. Crisis nerviosas, angustia, cuadernos íntimos. Unamuno no fue internado, pero escribió con una conciencia clínica de la angustia que muchos pacientes no pudieron publicar.

«Hay días en que mi alma se siente acosada por una inquietud sin causa visible. No es tristeza ni dolor concreto, sino una zozobra metafísica. La razón no la calma; al contrario, la excita. Pensar se vuelve entonces una forma de padecer».

Emilio Prados. Internamientos, sanatorios, cuadernos. Prados escribe desde una ansiedad corporal, casi médica.

«El miedo no entra de golpe; se infiltra. Se instala en la respiración, en el pulso, en la manera de mirar la luz. El cuerpo empieza a desconfiar de sí mismo. Nadie lo nota desde fuera, pero por dentro todo se vuelve inseguro, provisional».

Ramón María del Valle-Inclán. Visitas a manicomios, obsesión con la locura. No es un diario clínico, pero sí una mirada radicalmente lúcida sobre la institución.

«La locura no es una ruptura, sino una exageración. El loco no vive en otro mundo: vive en este sin defensas. El manicomio es el lugar donde se encierra lo que la sociedad no se atreve a reconocer en sí misma».

Francisco Pizarro. Hospital Psiquiátrico de Ciempozuelos, cuadernos. Autor casi invisible, citado en estudios sobre escritura manicomial española.

«Escribo porque nadie me escucha. Cuando hablo, interpretan; cuando callo, sospechan. El cuaderno es el único lugar donde no soy síntoma. Aquí puedo tener miedo sin diagnóstico y tristeza sin nombre técnico».

Juan José López-Ibor. Textos híbridos médico–literarios. Aquí la voz no es del paciente, pero defiende su palabra.

«El enfermo mental no pierde su humanidad ni su capacidad de expresión; pierde el crédito que los demás conceden a su palabra. El síntoma más grave no es el delirio, sino la desposesión del discurso propio».

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(Diarios de manicomio II)

John Clare

«Me encuentro en un lugar donde el tiempo no avanza como en el mundo exterior. Los días no se distinguen unos de otros, y mi mente vaga como un pájaro sin campo. A veces creo recordar quién fui; otras, ese recuerdo mismo me causa dolor. No estoy furioso ni violento, solo infinitamente cansado de pensar. Aquí nadie comprende que el pensamiento, cuando no encuentra salida, se vuelve prisión».

James Tilly Matthews

«Las máquinas que me afectan no son metáforas. Actúan sobre mis nervios, alteran mis pensamientos y dirigen mis emociones. No me permiten descansar. El mayor tormento no es el dolor físico, sino la imposibilidad de escapar a una influencia constante e invisible que gobierna incluso mis sueños».

Daniel Paul Schreber

«Mi estado no puede describirse como simple enfermedad. Es una alteración completa de la relación entre mi cuerpo, mi mente y el orden del universo. Cada sensación adquiere un significado trascendental. La angustia no procede de un miedo concreto, sino de la certeza de que todo está conectado de un modo incomprensible».

John Perceval

«El tratamiento no consistía en curar, sino en doblegar. No se escuchaban mis palabras; se las clasificaba. Cuanto más razonaba, más se interpretaba como síntoma. Aprendí pronto que la única forma de sobrevivir era aparentar obediencia mientras preservaba en silencio la integridad de mi mente».

Clifford Whittingham Beers

«El terror más profundo no era el de los otros pacientes, sino el de perder para siempre la confianza en mi propio juicio. Cada gesto era observado, cada palabra evaluada. La mente aprende entonces a desconfiar de sí misma, y esa desconfianza es más devastadora que cualquier delirio».

Antonin Artaud

«No estoy loco en el sentido en que ellos lo dicen. Estoy desposeído de mi cuerpo. Me han robado el centro. El pensamiento ya no me obedece, y sin embargo sé que lo que digo es verdad, porque nace del dolor real. No hay nada más insoportable que una lucidez que no encuentra lenguaje».

Adolf Wölfli

«Escribo y dibujo porque si no lo hago, el mundo se descompone. Cada número, cada línea, mantiene unido el orden. Cuando me detengo, el ruido vuelve. No escribo para que me entiendan, sino para que todo no se rompa».

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Las primeras lecturas, el primer libro. Esa primera lectura verdadera no se olvida jamás. Todas las demás no son sino variaciones, glosas, regresos a ese instante inaugural. Y la abeja o el rayo de sol matinal o el Tente, todo eso cuyo recuerdo se mezcla con la lectura, también dejó huella en ella, una huella tan dulce que, si hoy abrimos el mismo libro, creemos percibir todavía, como una promesa indeleble, la misma abeja, el mismo rayo de sol, la misma pieza de Tente. Canetti: “El primer libro leído con fervor no se parece a ningún otro. No se lo juzga, no se lo compara. Se lo acepta como se acepta una revelación. El lector aún no tiene defensas; se entrega. Esa entrega primera explica toda una vida de lecturas posteriores, siempre en busca de aquel deslumbramiento original”. Montaigne: «No he hecho nada sin alegría más duradera que leer. El primer libro no nos instruye: nos elige. Nos toma de la mano y nos dice, sin palabras, que el mundo puede ser pensado, habitado y amado a través del lenguaje». Recuerdo ese primer Enid Blyton, no como un ejercicio, no como una tarea impuesta, por supuestísimo, sino como una entrega o un don casi divino. Fue como descubrir una habitación secreta dentro de mí. Desde entonces supe que los libros no eran cosas exteriores, sino climas del alma, corazones del fruto. Leer fue aprender a estar solo sin sentir la molesta soledad, a conversar sabiamente sin interlocutor visible, a vivir sin salir de diez metros cuadrados. Leía como quien se esconde, feliz. Leer era como jugar al escondite. El libro era un refugio y una coartada. No sabía todavía escribir, pero ya sabía leer con toda la inteligencia. Aquella primera lectura me enseñó algo esencial: se puede amar una voz que no existe, y esa voz puede acompañarte más fielmente que las personas. Toda la literatura posterior es, en el fondo, una tentativa melancólica de reencontrar aquel estado de credulidad absoluta.

(Para Dani Izquierdo)

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Cuando tenía tres años me enamoré perdidamente de mi prima Raquel de cuatro (el primer amor, y casi, el último amor) La miraba arrobado, su melena rubia, sus ojos claros, como a una «donna angelicata» venida de los mundos supralunares. El amor de los niños es serio porque no sabe que juega. No tiene palabras, pero tiene fidelidad. Se ama en silencio, mirando, esperando. A veces basta con sentarse cerca. Todo lo demás sobra. Ese amor enseña por primera vez que la presencia del otro puede hacer habitable el tiempo. La amé sin reservas, sin memoria, sin miedo. Amé una risa, una forma de estar, una manera de mirar. La infancia ama de manera cósmica. La amé al igual como se sueña. Fue una grieta por la que entró la bondad, la delicadeza y la ternura. Amor puro, sin ironías ni defensas, casi sin lenguaje. Reaparece intacto en la memoria, como una imagen que nunca envejece. Tuvo algo de fenómeno meteorológico: nevó suavemente y lo cambió todo.

Si me permiten la gran exageración, gracias a esa absoluta ingenuidad a veces puedo soportar la vida.

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