El canon, idealmente, no se forma por aplausos, sino por relecturas. Pretender gobernar el criterio literario de hombres que aún no han nacido es una forma refinada de vanidad.El escritor que sueña con ser leído después de muerto confiesa que su época le resulta insoportable. El olvido no es una injusticia, sino la ley natural, la ley de hierro de la cultura.
Temo caer, alimentar la nada, volver al útero baldío y yermo insobornable. La verdad final —y dura— es esta: no se escribe para ser recordado, sino porque no escribir sería algo peor. Nunca quise ser escritor. Me vi obligado a escribir porque el mundo me resultaba repugnante. La escritura no me salvó, pero hizo la vida mínimamente soportable. Escribo contra mí mismo, contra los demás, contra el aire que respiro. No escribir habría sido una forma de suicidio. Escribir no es un proyecto de posteridad, sino la salvaguardia a mi ahogo interior.
«He escrito sin pensar en la posteridad. Pensar en ella es una forma de distracción. El escritor trabaja para un lector hipotético que no existe, y ese lector puede estar en el futuro o no estar nunca. La idea de ser recordado me parece irrelevante comparada con la felicidad de una página bien hecha», Borges.
