Hay naturalezas que no toleramos la baja tensión intelectual. Necesito razones, estructura, sentido. No me basta con existir: preciso entender. Y entender exige lentitud, jerarquía, distinción.
En este punto resuena Ortega y Gasset, cuando advertía que el verdadero drama no es que haya masas, sino que las masas no quieran dejar de serlo. El “hombre-masa” no es el pobre ni el ignorante, sino el que renuncia a exigirse. Algunos, en cambio, nos exigimos. Y eso —en ciertos ecosistemas— es una forma de soledad.
Soy un español que razona. No digo “un español que sabe”, ni “un español culto”, ni “un español superior”. Digo un español que razona. Es decir, que somete los elementos a examen, que no se deja arrastrar por la corriente emocional dominante, que busca causas, consecuencias, inferencias. Voy en pos del argumento.
Eso me emparenta con una tradición minoritaria, pero noble: la de Michel de Montaigne, la de Blaise Pascal, la de tantos espíritus para los que pensar no era un lujo, sino una necesidad fisiológica. “El silencio eterno de esos espacios infinitos me aterra”, decía Pascal; la mediocridad hace lo mismo conmigo.
Razonar ya se convirtió en una forma de resistencia.
«El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo; pues aún los que son más difíciles de contentar en cualquier otra cosa no suelen desear más del que ya tienen. Pero no basta tener buen ingenio; lo principal es aplicarlo bien. Las mayores almas son capaces de los mayores vicios como de las mayores virtudes; y quienes caminan muy lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen siempre el camino recto, que quienes corren y se apartan de él. No acepté jamás cosa alguna como verdadera sin conocer evidentemente que lo era; evité cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprendí en mis juicios nada más que lo que se presentaba tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda», Descartes.
«La peculiaridad del mal de nuestro tiempo consiste en que los hombres han dejado de formar opiniones propias. Adoptan como verdades las creencias que encuentran ya hechas, sin someterlas al examen de su entendimiento. Quien solo conoce su propio lado del asunto conoce poco de él. Las opiniones que no han sido contrastadas, discutidas y defendidas racionalmente degeneran en prejuicios muertos, aun cuando sean verdaderas», Stuart Mill.
«El mayor peligro que hoy amenaza a la civilización no es la ignorancia, sino la suficiencia. El hombre-masa no se reconoce obligado a justificar sus opiniones; las cree naturales como la respiración. Pensar es incomodar, es obligarse a dar razones, es aceptar la posibilidad de errar. Donde nadie exige razones, no hay pensamiento: hay mera opinión, que es la forma más refinada de la barbarie», Ortega y Gasset.
«La cultura comienza allí donde el hombre se obliga a justificar lo que dice. Donde no hay razones, solo hay ruido. Leer, pensar y razonar son actos de resistencia frente a la vulgaridad organizada del mundo moderno», Steiner.
