Tu quoque 65

Televisión y redes: agujeros negros que succionan atención, sensibilidad y juicio. La televisión y las redes no buscan comprensión, sino absorción. El espectador ideal no es el que entiende, sino el que permanece. Permanecer, estar abobado ante la pantalla, es la única virtud. Pensar es un defecto.

Ahí radica el verdadero escándalo: no en la estupidez del contenido, sino en su arquitectura. Todo está construido para impedir la distancia crítica: la emoción constante, la indignación dosificada, el sentimentalismo obsceno, el escándalo prefabricado.

Entretenimientos hasta la inanición intelectual. No es que la televisión y las redes nos presenten temas triviales, sino que solo pueden presentar los temas como triviales.

«La televisión es el mayor instrumento de embrutecimiento que la humanidad haya inventado. No porque mienta siempre, sino porque no permite pensar. Enciende la televisión quien quiere dejar de estar consigo mismo. Se la mira para no pensar, para no recordar, para no sentir. Es una anestesia cotidiana, aceptada con gratitud por quienes temen el silencio», Thomas Bernhard.

«Las democracias temen menos la tiranía que el tedio. Cuando los ciudadanos se habitúan a una vida cómoda y distraída, renuncian sin notarlo al uso activo de su razón. No es necesario oprimirlos: basta con entretenerlos. La servidumbre suave es la más perfecta», Tocqueville.

NOTA BENE: Ideas rumiadas ante la visión del vomitivo programa, «Espejo público», de Antena 3.

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