Tu quoque 67

El primero de enero es una fecha novelesca; sirve para que los hombres se mientan mejor. Nadie empieza nada de verdad ese día; apenas se acomoda en la mentira amable de que ahora sí, se cree mágicamente, ahora todo será distinto. Las doce campanadas son doce pueriles coartadas. El paso de un año a otro es como cruzar una habitación oscura; creemos avanzar, pero apenas tanteamos los muebles de siempre. Sin embargo, algo en ese tránsito nos conmueve, como si la vida nos concediera un instante de ilusión antes de seguir con su indiferencia y brutalidad habitual.

«La Nochevieja es una orgía de optimismo obligatorio. Se grita para no pensar, se brinda para no recordar, se ríe para no admitir que el año siguiente será, con toda probabilidad, igual o peor. El hombre moderno necesita fechas simbólicas para aplazar su desesperación», Thomas Bernhard, «Extinción». La misma estupidez, la misma esperanza (ese vicio incorregible) «Nunca he entendido la alegría del Año Nuevo. Me recuerda a esos hombres que aplauden antes de que empiece una obra mediocre, solo para convencerse de que no será tan mala», Larkin.

La vida es una sola y larga fatiga. Mientras otros celebran, yo siento que el tiempo ha avanzado un intervalo más en su trabajo de derrumbe y demolición.

Deja un comentario