Un vaso con un dedillo de vodka y zumo de naranja natural, tomado sin prisa, desata la escritura sin enloquecer el juicio. He observado que, lejos de turbarme, me vuelve más atento a mis propias ideas, como si estas, menos escrutadas, se ordenasen mejor. Sé de la estupidez de la fuga romántica autodestructiva. Sé que un hombre no escribe NUNCA bien borracho, pero puede pensar con algo de mayor soltura tras una bebida leve, muy leve.
El exceso embrutece; la escasez lubrica. Una copa no es mala, dos, ya demasiadas. La dosis mínima de alcohol favorece esa suavidad mental en que las frases parecen menos encrespadas. En el levísimo aflojamiento de la mente vive la literatura.
