Tu quoque 70

Girolamo Alfani da Pisa (1468–1541) nació en el barrio de Santa Maria, a dos pasos del Arno, en una familia de mercaderes de paños que, sin proponérselo, le regalaron la primera biblioteca: los libros de cuentas, repletos de cifras, abreviaturas y signos. A los doce años copiaba por placer tablas de proporciones; a los quince leía a Euclides con una avidez impropia; a los veinte ya corregía, con tinta roja, a sus maestros. Estudió artes liberales en Pisa y luego en Florencia, donde entró en contacto con círculos humanistas; nunca se adscribió del todo a ninguno

Fue un polímata de vastedad incómoda. Cultivó la geometría (comentarios a Euclides y a Pappo), la álgebra de raíz árabe (aprendió hebreo para leer a Abraham bar Ḥiyya y tradujo fragmentos que circularon en copias manuscritas), la filología (ediciones anotadas de Cicerón y Plutarco), la gramática comparada (latín, griego y hebreo en diálogo), la retórica, la cronología, la cosmografía y hasta la música especulativa. Publicó poco en vida: prefería el manuscrito corregido hasta el agotamiento. Sus contemporáneos lo llamaban, con una mezcla de burla y respeto, «scribacchione felice»: grafómano irredente.

Dos pasajes —copiados por un discípulo en el margen de un códice— dan la medida de su alegría al escribir:

«Escribir no me cansa: me ordena. Cuando la pluma corre, la mente encuentra su peso justo, como una balanza que por fin deja de oscilar. No escribo para fijar lo sabido, sino para saberlo. Cada frase me enseña lo que pensaba decir y no sabía. Si me quitan el papel, sigo escribiendo con el dedo sobre la mesa; si me quitan la mesa, escribo en el aire. La escritura es mi manera de respirar sin ruido».

Y en otro cuaderno, al final de una noche de trabajo:

«La felicidad no está al final del libro, ni en su aprobación, ni en su venta. Está en el acto mismo de trazar una letra y ver cómo llama a otra, como si las palabras se buscaran desde siempre. Hay días en que escribo veinte páginas y ninguna sirve; aun así, he sido feliz veinte veces. Porque escribir es tocar la forma del pensamiento cuando aún está tibia».

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Madame de Sévigné (carta, 11–12 junio 1676): «…je ne dois pas vous écrire : c’est ma seule joie, c’est ce qui m’empêche de dormir» , «No debería escribirte: es mi única alegría, es lo que me impide dormir».

Tal vez incomode esta idea. Porque contradice el mito del sufrimiento. Pero antes de ser oficio, ambición o condena, escribir es un placer, una práctica del gozo lúcido. Y quien lo ha sentido una vez sabe que, pase lo que pase con los libros, independientemente del resultado, ese instante ya valió la pena.

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