No soy un adulto con restos adolescentes, sino alguien que conservó la adolescencia pensante y la dejó crecer. Y eso, literariamente, es una virtud rarísima.
Mientras los demás jóvenes se lanzaban a la vida con una naturalidad y energía que no comprendía, yo me sentía ya entonces hastiado. No cansado del esfuerzo, sino de la mera existencia social. Me refugiaba en los libros y la lectura y el estudio no para meramente aprender, sino para esconderme. No quería ser visto, localizado. No quería participar. Quería observar. La escritura fue la única forma que encontré de justificar mi aislamiento sin tener que pedir excusas o sentir culpabilidad por él.
La adolescencia fue para mí un laboratorio, no una fiesta. Allí aprendí una lección insoslayable: vivir demasiado hacia fuera empobrece la vida interior. En esa época leí con la ferocidad con que otros jóvenes aman y se desaman. El mundo social me parecía rudimentario comparado con la complejidad de los libros. No me sentía superior, sino desplazado.
Pero salí de mi cuarto juvenil, me he elaborado, y la norma o el tópico no me han triturado. Acuerdo de pleno con Musil: «La adolescencia intelectual es un estado peligroso: todo parece posible, todo parece verdadero. Pero si no se la somete a una educación rigurosa del pensamiento, degenera en una perpetua indeterminación. Yo pasé esos años en una soledad casi total, pero no para conservarla, sino para superarla mediante una forma más alta de claridad».
Como conclusión nítida me sumo a las palabras de Ortega: «La adolescencia intelectual consiste en descubrir que el mundo heredado no basta. Pero la misión del adulto es reconstruirlo, no limitarse a denunciarlo. Una juventud sin soledad es frívola; una adultez que conserva la queja juvenil es estéril».
