Tu quoque 72

En el invierno de 1818, el Baronet de Ridobar quedó definitivamente confinado a una silla de ruedas. No hablaba de invalidez —palabra que detestaba. «Ahora —decía— el mundo tendrá que venir a mí o callar».

Durante los últimos diez años de su vida, dictó —con una lucidez que no decayó ni un ápice— un breve, pero feroz tratado, escrito originalmente en francés, traducido por él mismo al latín y, póstumamente, al castellano. El título, deliberadamente, seco: «De Stultitia Universali et Periculosa». Desde el primer folio dejaba clara su tesis central: «Stultus est animal frequentissimum sub sole». Y añadía: «Non ferox bestia, non pestis, non bellum aequat stultitiae periculum».

El Baronet de Ridobar nació hacia 1768, en los márgenes cómodos de una fortuna antigua y discretamente administrada. Nunca fue un aristócrata solemne: prefería definirse como varón de ocio ilustrado, enemigo declarado del ruido, de la urgencia y, sobre todo, de la estupidez.

Vestía siempre algo amarillo. No de manera ostentosa, sino precisa: un fular de seda pálida, un chaleco de tafetán limón, un forro apenas visible en la casaca. Sostenía que no usar amarillo era una falta de caridad moral, una renuncia innecesaria a la alegría inteligente del mundo.«El gris —decía— es una cobardía».

La editorial EUNSA acaba de publicar el tratado. No me resisto a transcribir su última página:

«La estupidez no es una carencia del entendimiento, sino una renuncia voluntaria a pensar. He conocido inteligencias brillantes que, al abdicar del juicio, se han vuelto más nocivas que el ignorante sincero. Porque el ignorante puede aprender; el estúpido, jamás. La estupidez es cómoda; dispensa de la duda, exonera del esfuerzo y transforma la obediencia en virtud.

No necesita crueldad para causar estragos; le basta con cumplir órdenes, repetir fórmulas, refugiarse en lo que “siempre se ha hecho”. Allí donde el pensamiento se detiene, comienza su imperio silencioso. Y lo más alarmante no es su abundancia, sino su normalidad: la estupidez prospera cuando nadie se siente responsable de ella.

Se la confunde con la simplicidad, pero es lo contrario: la simplicidad es un logro del espíritu; la estupidez, su capitulación. El estúpido ama las ideas hechas como ama los lugares comunes; porque le evitan el riesgo de estar solo con su conciencia. No piensa: recita. No juzga: aplica. No comprende: administra.

Nada hay más peligroso que un estúpido convencido de su rectitud. El mal, cuando se reviste de inteligencia, vacila; cuando se asocia a la estupidez, avanza con paso firme. La historia está llena de catástrofes cometidas por hombres que jamás se preguntaron si debían hacer lo que hacían. Pensar les habría resultado indecoroso.

Y sin embargo —he aquí su triunfo último— la estupidez se cree siempre inocente. Se ofende cuando se la señala, se indigna cuando se la nombra, se declara víctima cuando se la contradice. Es impermeable a la ironía, hostil a la complejidad y ferozmente enemiga de toda forma de excelencia.

He dedicado mis últimos años a combatirla no por esperanza de victoria, sino por higiene del alma. Pues incluso derrotado, el pensamiento conserva una dignidad que la estupidez jamás comprenderá. Yo pasaré; ella permanecerá. Pero mientras exista una frase bien hecha, una duda honesta, una inteligencia que se resista a obedecer sin comprender, no habrá vencido del todo».

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