Tu quoque 75

Cuanto más cerca siento el final, más clara se vuelve la pregunta: ¿he dicho lo esencial o me he distraído con fuegos de artificio? Todo lo que no responde a esta pregunta me resulta ahora insoportable. La literatura ya no es ornamento: es testamento. Escribo mucho. Es la hora de las meditaciones últimas. Todo lo que no escriba ahora no será escrito nunca. El presentimiento del fin purifica la frase; lo innecesario se vuelve obsceno, lo superfluo se cae solo, como una cáscara. Me queda -acaso- una voz más desnuda, y por eso quizás más verdadera.

No queda mucho que decir. Todos mis libros fueron rodeos o tanteos a unas pocas ideas simples. A veces creo que no envilecí mi vida.

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