No escribo para hacer literatura. Escribo para descerrajarme, para sajar el absceso in vivo.
Escribo para decir las verdades humillantes (defecciones, defecaciones, ratas, manicomios),
aunque eso sea vergonzoso y acabe con mi poca reputación. Pago feliz ese precio. El exceso es mi distancia.
La asombrosa IA es un suicidio diferido. No hay algoritmos para las cicatrices, la lefa y el pus. La combustión y la herida «verdaderas» no se pueden simular mediante un software sofisticado. El yo profundo no se imita; se sufre. El espíritu es un «follet» travieso que descoloca las cosas, y no le importa herir, zigzaguear, sorprender, extrañar (en el sentido de la «ostranenie» de los formalistas rusos)
Sin duda que la IA sobresale en análisis gramalógicos, diagramáticos, casi topológicos. Y es útil, sobre todo en el ensayo, el tratado, el texto reflexivo que quiere convencer o argumentar. Todos los problemas humanos complejos pueden resolverse mediante algoritmos, datos y plataformas, se afirma. Esta creencia no solo es falsa: es peligrosa y empobrecedora. «La inteligencia artificial no es inteligente. Es una ilusión producida por el uso masivo de trabajo humano previamente extraído, etiquetado y ocultado. Llamarla inteligencia es una metáfora peligrosa que degrada la dignidad humana», Jaron Lanier.
Pero la literatura —la de verdad— no siempre quiere convencer; a menudo lo que quiere es romper el hielo de lombrices de nuestro mar interior.
