Tu quoque 80

¡Cuántos finales de año pasé en manicomios! En Navidad, el hospital estaba decorado con una alegría que resultaba obscena. Guirnaldas de papel, figuras de cartón, una falsa jovialidad colgada de las paredes blancas. Mientras en el mundo la gente se reunía en torno a mesas calientes, yo estaba sentado en una sala común, impactantemente silenciosa, con hombres y mujeres que no sabían en qué día vivían. Estas fechas me recordaban lo perdido, la crueldad de mi vida. Los villancicos, forzados, sonaban como en una lengua extranjera. Las familias iban poco o nada.

Hoy cenaré con mi hermana, mi sobrina Clara y unos amigos. No es un gesto menor. No cancela el pasado, no repara el daño, no cura automáticamente el miedo, pero desmiente la condena.

Viviré la sensación de estar protegido por una conversación que no exige brillantez, solo camaradería. En esas noches comprendo que la felicidad no es intensidad, sino continuidad compartida. Una fiesta sencilla, sin aspavientos. En ese desorden afectuoso encontraré como una especie de paz. Bienvenida.

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