Lo único que deseo es querer y ser querido. Más que alguien que no encaja, soy alguien que ya no acepta fingir que encaja. Eso es distinto. Nunca pertenecí a nada porque pertenecer exige una cesión que no supe hacer. No es que me negara al mundo: el mundo me resultó siempre excesivamente exterior. Viví rodeado de gente, pero solo en el sentido en que un extranjero vive rodeado de una lengua que no es la suya. Con los años comprendí que no estaba destinado a la convivencia, sino a la observación, y que mi destino no era compartir la vida, sino escribirla desde un margen inevitable. No me dolía la soledad; me dolía la imposibilidad de traducirme a los otros sin traicionarme.
Por otra parte, llegué a una edad en la que uno ya no espera ser aceptado. Ese fue mi alivio. El outsider verdadero no es el joven que se rebela, sino el hombre maduro que ya no mendiga un lugar. Se habita entonces una zona neutra: se comprende demasiado para participar y se participa demasiado poco para pertenecer. No hay orgullo en ello, solo una lucidez fatigada. La soledad deja de ser un drama y se convierte en un hecho.
Siempre supe que no estaba hecho para los caminos comunes. No por superioridad, sino por una sensibilidad excesiva que me volvía incompatible con la prisa, con la charla banal, con la vida gregaria. En la madurez entendí que ese desajuste no se corrige: se acepta. El hombre que profundiza demasiado termina viviendo en un mundo interior que los demás no visitan. No es culpa de nadie. Es simplemente otra forma de estar vivo.
La cultura profunda no crea mayorías; crea islas cada vez más pequeñas. El intelectual maduro vive rodeado de voces muertas que le hablan con más claridad que los vivos. Esa es su condena y su privilegio. Se vuelve extranjero en su tiempo, no por desprecio, sino por desfase. Aceptar ese exilio interior es el precio de no traicionarse.
