Durante mucho tiempo creí que mi vida había sido una sucesión de fracasos y extravíos. Solo más tarde entendí que cada uno de ellos me había obligado a profundizar. No tuve una vida fácil, pero tuve una vida consciente. Y eso, al final, pesa más. No cambiaría mis tragedias por una existencia más ligera, porque en ellas se forjó mi carácter.
Sufrí, sí, pero leí a Tácito, Montaigne, Quevedo, Cantor, Galdós, y amé y fui amado por una mujer. No deseo otra vida, me jacto de tener la vida que tuve, no por orgullo narcisista, sino por identidad asumida. Si volviera a vivir, volvería a vivir mi vida tal cual fue. Incluso con los innumerables olvidos intelectuales; más importante que recordar lo leído es haberlo leído.
No bendigo mis noches peores, pero tampoco las rechazo. Son mías. No cambiaría mi fragilidad por una fuerza que me hubiera vuelto insensible. Prefiero una vida dañada que una vida distraída. No bendigo mis lagunas librescas, pero la lectura modela, y actúa aunque no se recuerde. «He sido ciego, he sido torpe, he sido lento para la vida práctica, pero no cambiaría mis limitaciones por otra biografía. Gracias a ellas leí, pensé, imaginé. La vida no me dio lo que quise, pero me dio lo que pude ser. Y eso basta», Borges.
