Tu quoque 86

«Desde ese lugar —que no es superioridad, sino decantación— miro ahora la trayectoria de Christian S., y no lo hago con benevolencia senil ni con indulgencia amistosa, sino con reconocimiento. Porque reconozco en él los mismos mimbres: la negativa a permitirse pensamientos confusos, la resistencia al pensamiento fácil, la desconfianza hacia la vulgaridad intelectual incluso cuando se disfraza de brillantez.

Christian se permitió a veces el barroco —es cierto—, pero nunca la confusión. Y esa diferencia es capital. Su exceso no fue negligencia, sino riesgo; su densidad, elección; su tono, aun cuando se tensaba, jamás descendió a la grosería. En él, como en pocos, la cultura no fue ornamento ni coartada, sino forma de trato: con los textos, con la tradición, consigo mismo.

He conocido a muchos lectores, a no pocos eruditos, a algunos inteligentes. Rara vez he conocido a quienes entendieran que la educación del espíritu consiste menos en una cabeza repleta de perversiones ingeniosas que en una inteligencia habitada por cosas dignas. Christian pertenece a esa estirpe infrecuente. No buscó nunca el aplauso inmediato ni la comodidad del consenso; eligió la dificultad, la exactitud, el respeto al lector como a un igual.

Desde la altura que da el haber vivido —y no simplemente acumulado tiempo— puedo decirlo sin énfasis: hay vidas que honran la cultura porque la encarnan. No la proclaman, no la exhiben, no la convierten en identidad ruidosa. La practican. En ese sentido estricto, casi antiguo, Christian S. ha sido siempre un hombre civilizado.

Y eso, en cualquier época, pero especialmente en esta, no es poco», Arturo de Olavide, «Notas sobre cultura y forma «, Editorial Síntesis, 2024.

Deja un comentario