La universidad fue para mí menos un lugar de pertenencia, camaradería y pandillaje, que un espacio de ostracismo. No aprendí allí a integrarme. Mientras otros adquirían hábitos sociales, yo adquiría manías intelectuales. No hice amigos duraderos ni ocasionales; hice lecturas duraderas. Y con el tiempo comprendí que eso, aunque empobrece la vida inmediata, enriquece la vida reflexiva de un modo intenso.
Nunca me sentí plenamente parte de la universidad. Asistía a clases como quien entra en una biblioteca ajena. Escuchaba con respeto, pero sin fervor gregario. Aprendí más en los anaqueles que en las aulas, y más conversando con autores muertos que con compañeros vivos. Tal vez por eso la universidad no fue para mí un hogar.
Parece un símbolo el hecho de que siempre esté solo. Estudié Ciencias y Letras, de modo mediocre lo primero y excelente lo segundo. «El solitario no busca compañía: huye de la mala compañía. Regresa siempre a su cueva porque sabe que su palabra no ha sido hecha para el mercado”, Nietzsche.
Mi soledad no consiste en no tener con quién hablar, sino en no poder hablar de aquello que me resulta esencial. Lo que para mí es vida, para los otros es una rareza incómoda. Así se crea una distancia que nadie ha querido, pero que nadie puede suprimir.
Hay hombres que llevan una señal invisible. No los acusa de ningún crimen concreto, pero los separa. Allí donde van, se percibe que no pertenecen. Esa señal no se borra con gestos ni con afectos: es anterior a todo. Es la marca de Caín.
