La rata no es un error de la evolución, sino uno de sus mayores éxitos. Ha aprendido a vivir con nosotros, a leer nuestros desperdicios, a prosperar en nuestras ruinas. Mientras el hombre construye sistemas que se derrumban, la rata adapta su dentadura, su comportamiento y su miedo. No necesita ideales: le basta con el mundo tal como es.
Las ratas surgen primero en los lugares donde nadie mira: sótanos húmedos, alcantarillas, patios interiores. No aparecen con estrépito, sino con una torpeza terminal, como si el mundo las hubiese expulsado a la superficie. Caminan unos metros, se detienen, parecen escuchar algo que los hombres no oyen, y finalmente aparecen, con una quietud repugnante.
Aparecen en mis alucinaciones visuales, criaturas intocables, innumerables, intolerables; nacen del subsuelo, del miedo, de lo que el hombre quiere evitar y no quiere ver. Se adaptan al desplome y basura del mundo. Si vuelve la luz, se repliegan. No ceso de ver ratas. Las ratas anuncian mi caída y súbita pudrición.
