Oigo voces que no proceden de ninguna boca, sino de mi locura. A veces hablan con autoridad, a veces con burla e insultos crueles. Me conminan a matarme, a echarme aceite hirviendo encima, me persuaden que las ratas imaginarias que veo son reales y que se lanzarán al cuello y me morderán. No puedo distinguir si soy yo quien las piensa o si me atraviesan desde fuera. El mundo pierde su continuidad: los objetos se separan, los sonidos se adelantan a las formas.
No pienso: me hablan. Me hablan dentro del cráneo, con una violencia que arde. No son metáforas. Son órdenes, injurias, acusaciones, calumnias, denegaciones e improperios. El cuerpo se convierte en escenario para ese teatro maligno.
Rara vez son voces de ángeles posados en los árboles, voces luminosas. Lo más común es la increpacion, la denigracion y el asalto a la paz cotidiana.Todo habla a la vez, y ya no puedes discernir qué pertenece al mundo y qué a tu espíritu. Hay días en los que el cielo grita y escupe baba.
A veces las voces no cesan durante horas. Comentan cada movimiento, cada pensamiento, cada paseo de ratón, incluso los más insignificantes. No dialogan: fiscalizan. Corrigen. Afirman conocer el mecanismo de tu alma mejor que tú. Hablan con un tono mecánico, sin afecto, como funcionarios sádicos. Lo peor no es solo el insulto, sino su persistencia.
Es una tortura que ya dura décadas.
