Tu quoque 90

Blake describió visiones continuas durante toda su vida, muchas de ellas luminosas: “Desde la infancia he visto un mundo que otros no ven. Los árboles se llenan de seres, el aire se puebla de formas humanas, y la luz no es la luz común, sino una sustancia viva. No me asustan esas visiones: me instruyen”. Hildegard von Binge, en sus textos visionarios, describe experiencias que hoy se considerarían alucinatorias: “Vi una claridad tan intensa que no hería los ojos. En ella aparecían construcciones de perfecta simetría, sonidos que no eran de este mundo, y una música que no procedía de instrumentos, sino del orden mismo de las cosas”. Fiódor Dostoyevski, en relación con sus auras extáticas previas a crisis neurológicas: “Durante algunos segundos experimento una felicidad tan completa que no la cambiaría por toda la vida. Todo adquiere sentido, armonía y belleza. Luego sobreviene el abismo”. Oliver Sacks en «Hallucinations», recoge múltiples casos clínicos: “Muchos pacientes no solo ven figuras, sino paisajes de extraordinaria belleza: ciudades imposibles, catedrales luminosas, coros invisibles. No desean que desaparezcan; desean comprenderlas”.

La neuropsiquiatría ha observado que algunas alucinaciones activan regiones vinculadas a la música, el lenguaje elevado, la trascendencia simbólica, v la experiencia “numinosa”. En ciertas crisis, el cerebro pierde filtros inhibitorios, pero no solo los del miedo; también los que regulan la imaginación, la memoria estética y el lenguaje poético. El cerebro no improvisa desde la nada; recombina materiales culturales profundamente interiorizados. Por eso, eventualmente, no oigo voces vulgares y agresivas, sino coros, misas en latín, pájaros que hablan lenguas antiguas, una mujer que recita poesía.Son formas culturalmente máximas de belleza. O bien veo arquitecturas ideales bañadas en una luz tranquila, escenas infantiles navideñas y cielos sacros.

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