Tu quoque 91

«La delicadeza del gusto consiste en esa facultad que nos permite distinguir, en una composición, lo más tenue y lo más refinado. Donde el sentido común solo percibe una impresión confusa, el gusto delicado reconoce cualidades distintas, jerarquiza placeres y rechaza lo que es burdo sin necesidad de violencia. Esta delicadeza no se adquiere por naturaleza únicamente, sino por ejercicio, comparación frecuente y una atención sostenida a los mejores modelos. Quien carece de ella no es culpable, pero quien la desprecia, sí», David Hume.

Joseph Addison: «El verdadero gusto no consiste en una admiración ruidosa, sino en un placer tranquilo. No se complace en la sorpresa perpetua ni en el artificio evidente, sino en aquella belleza que se descubre lentamente y recompensa la atención sostenida».

Marcel Proust :«El gusto no se transmite como una opinión, sino como una sensibilidad. No se enseña; se contagia por convivencia prolongada con ciertas obras, ciertos gestos, ciertas formas de atención. Allí donde el mal gusto simplifica, el buen gusto complica sin confundir».

Para mí el gusto es una vigilancia contra la estridencia, contra la grosería, contra la traición del lenguaje. No me hace feliz, pero me mantiene digno. Y eso —aunque no cotice— es una forma alta de justicia. Por lo que me conozco, lo justo en el gusto para mí no es el equilibrio neutro ni la moderación tibia, sino algo más exigente y raro: gusto como contención, no como pobreza, gusto como forma, no como ornamento, gusto como distancia, gusto como lealtad a una minoría invisible.

Lo que detesto no es la intensidad, sino la ostentación de la intensidad. Para mí, lo vulgar no es lo popular ni lo sencillo: es lo mal formulado, lo torpe en el decir, lo que no ha pasado por el filtro de la conciencia formal. La barbarie no es la falta de libros, sino la falta de formas (esto lo he dicho muchas veces) Me incomoda lo inmediato, lo chillón, lo sentimental sin mediación. Necesito un pequeño espacio entre la emoción y su expresión. Ese espacio es, para mí, civilización. No escribo ni pienso para el pueblo, sino para un lector hipotético, exigente, silencioso, que sepa leer entre líneas. El gusto, para mí, no es democrático; es hospitalario con los happy few.

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