Tu quoque 92

Entrevista al profesor Arturo de Olavide.

Profesor emérito de Humanidades. Universidad de París.

—Profesor Olavide, ¿cómo conoció usted la obra de Christian S.?

—Por recomendación, como sucede casi siempre con los libros que importan. Un antiguo colega, Moncho Conde Corbal, me habló de un autor excéntrico en el sentido antiguo del término: alguien que escribe desde un eje propio. Me habló de una prosa exigente, sin concesiones, y de una inteligencia que no buscaba el aplauso inmediato. Leí por curiosidad; continué por necesidad.

—¿Qué fue lo que le llamó la atención en una primera lectura?

—La densidad moral del estilo. No me refiero a moralismo, sino a gravedad. En Christian no hay ligereza gratuita. Cada frase parece escrita por alguien que sabe que el tiempo es escaso y que la palabra debe justificar su presencia. Eso es algo que solo se aprende leyendo a los clásicos: a los trágicos griegos, a los moralistas latinos, a los franceses del siglo XVII. Y él los ha leído, aunque no siempre los cite.

—Se ha dicho que su obra es excesivamente introspectiva.

—Se dice eso cuando se confunde introspección con ensimismamiento. La introspección auténtica es una forma de cortesía intelectual: uno se examina antes de juzgar. Montaigne lo sabía bien. Christian pertenece a esa estirpe: la de quienes hacen de sí mismos un laboratorio, no un espectáculo.

—Muchos lectores perciben su obra como exigente, incluso áspera. ¿Cree usted que Christian quiso ser difícil?

—No deliberadamente. La dificultad no fue un propósito, sino una consecuencia. Christian nunca escribió para simplificar el mundo, sino para hacerlo habitable sin falsificarlo. Cuando la realidad es compleja, la claridad no consiste en rebajarla, sino en decirla con precisión. Eso exige esfuerzo al lector, pero también respeto.

—En sus diarios aparece una tensión constante entre orden y exceso. ¿Cómo interpreta usted esa oscilación?

—Como una forma de honestidad. Christian no ocultó su desorden interior bajo una retórica de armonía. Tampoco se entregó al caos sin forma. Su obra es un campo de fuerzas: disciplina extrema y, al mismo tiempo, proliferación. Es un escritor que lima y pule, pero que no esteriliza. Ahí reside su singularidad.

—Se le ha acusado de severidad moral, incluso de crueldad crítica. ¿Lo considera justo?

—Solo en parte. Christian fue severo, sí, pero primero consigo mismo. Su dureza no nace del desprecio, sino de una idea muy alta de lo que la literatura debería ser. Detestaba la frivolidad, la escritura perezosa, la impostura. Cuando atacaba, lo hacía porque sentía que algo esencial estaba siendo traicionado.

—¿Y su relación con el dinero, con el privilegio?

—Paradójica. Procedía de una posición económica cómoda, sin duda. Pero eso no lo volvió indolente, sino más exigente. Sabía que no tenía excusas. El ocio improductivo le parecía casi inmoral. Su ética del trabajo fue, en ese sentido, feroz.

—¿Cómo describiría usted su carácter humano?

—Era —y es— un hombre profundamente introvertido, aunque supiera disimularlo. Poseía una especie de autismo inverso, si se me permite la paradoja: una extrema vida interior recubierta por una máscara de sociabilidad. En los pueblos pequeños, esa máscara engaña. Se le tomaba por alguien afable, incluso ligeramente excéntrico, cuando en realidad pasaba la mayor parte de su vida pensando. Pensando de verdad, que es una actividad agotadora.

—Sin embargo, no llevó una vida estrictamente sedentaria.

—En absoluto. Hubo desplazamientos, fugas, estancias en el extranjero, semanas de desaparición voluntaria. Pero no eran viajes turísticos: eran retiradas tácticas. Como los estoicos, necesitaba cambiar de lugar para no cambiar de pensamiento. El movimiento exterior servía para preservar una inmovilidad interior.

—¿Cómo sitúa su obra dentro de la tradición literaria?

—No pertenece a ninguna escuela, y eso le perjudicó en vida. Las escuelas ofrecen protección, pero exigen obediencia. Christian prefirió el riesgo. Su obra dialoga con la tradición del diario intelectual, del cuaderno moral, del ensayo autobiográfico, pero sin adoptar ninguno de esos géneros de forma servil. Hay algo de Marco Aurelio, algo de Chamfort, algo de Cioran —sin su cinismo fácil—, y una disciplina formal que recuerda a los clásicos franceses.

—Algunos lectores hablan de una erudición abrumadora.

—La erudición solo abruma cuando es ornamental. En Christian es funcional. No cita para impresionar, sino para pensar acompañado. Lee a los muertos como quien consulta a testigos fiables. Esa es la única erudición legítima.

—¿Cree usted que escribía para su tiempo?

—No. Y lo sabía. Escribía para la posteridad, aunque no en el sentido ingenuo de la gloria. Su obra está destinada a ser venenosa con el tiempo: a incomodar, a erosionar certezas, a exigir lectores adultos. No es una literatura de consuelo, sino de confrontación.

—¿Fue un escritor feliz?

—No creo que esa sea una pregunta pertinente. Fue un escritor necesario. Y eso suele pagarse caro. Hay vidas que no están hechas para la felicidad, sino para la lucidez. Christian eligió la segunda.

—Señor Olavide, se ha dicho que la base afectiva y moral de la obra de Christian Sanz fue su hermana y su madre. También se comenta que ella permitirá la publicación del epistolario que usted mantuvo con él. ¿Qué puede decirnos al respecto?

—Puedo decir, ante todo, que ese epistolario no es un conjunto de cartas circunstanciales. No se trata de confidencias triviales ni de intercambio de chismes. Es un epistolario deliberadamente literario, escrito con plena conciencia de forma. Christian escribía cartas como quien escribe capítulos de un libro: con estructura, con tono, con una voluntad de permanencia.

Desde el principio mantuvimos un trato respetuoso, casi ceremonioso. Nos tratábamos de usted. Él tenía un profundo sentido de la autoridad intelectual y respetaba mis estudios, mi formación, quizá porque, pese a haber cursado dos carreras universitarias, en el fondo fue siempre un autodidacto riguroso, de los que se forman a solas y sin tutela.

—¿Esa distancia se mantuvo siempre?

—No. Con el paso de los años, el trato se suavizó. Pasamos al tuteo, y con ello llegaron algunas confesiones personales. Me habló de Marta, a la que consideraba el gran amor de su vida, casi el único. Yo no estoy seguro de que eso sea del todo cierto, pero así lo vivió él, y eso es lo que importa desde el punto de vista literario y humano.

—¿Aparece también en esas cartas su visión de la vida literaria española?

—Muy claramente. Y ahí es donde surgen mis dudas respecto a la publicación íntegra. Christian tenía ideas muy idiosincrásicas, muy personales, a veces incómodas. En público procuraba mantener una imagen de caballero: algo medieval, algo victoriano, un quedabién en el mejor sentido del término. Pero en privado aparecía otro rostro: un lado outsider, casi punk, profundamente libre.

Sus juicios sobre colegas eran a menudo demoledores. No gratuitos, pero sí severos. Poseía una lucidez crítica poco frecuente y una capacidad notable para detectar imposturas. El problema es que, cuando pasamos al tuteo, ese juicio se volvió a veces hiriente. Y no estoy seguro de que todo deba quedar fijado negro sobre blanco.

—Sin embargo, desde el punto de vista histórico y literario, ese material parece valioso.

—Lo es. Sus comentarios sobre autores y libros son extraordinariamente jugosos. Tenía muy clara su posición en la historia de la literatura y, en particular, en la tradición diarística española. Sabía exactamente dónde se situaba, a quién debía y a quién no. Esa conciencia de lugar es rara y, cuando existe, suele resultar incómoda para el entorno.

—Permítame cambiar de asunto. En ciertos sectores conspirativos de las redes sociales se ha afirmado que Christian fue espía: para servicios israelíes, franceses, e incluso que lo llegó a espiar el propio CNI. ¿Hay algo de verdad en todo esto?

—Christian me habló de ello. Y con un grado de detalle que no era improvisado. Tengo entre ocho y nueve cartas en las que explica esos episodios con minuciosidad, incluso acompañadas de algunos documentos anexos. Pero hay dos cosas que debo decir con claridad.

La primera: Christian presentaba rasgos paranoides. Una suspicacia persistente, que en ocasiones exageró conscientemente. Sabía dramatizar su propia biografía, y no siempre de forma inocente.

La segunda: sería un error pensar que su vida fue tan plana como parecía. Bajo la apariencia de bibliotecario metódico y retirado, hubo más desplazamientos, más episodios oscuros y más aventuras de las que muchos estarían dispuestos a creer. No todo fue fantasía, pero tampoco todo fue exactamente como él lo narraba.

—Entonces, ¿cree usted que ese mito del espía forma parte de la construcción literaria de sí mismo?

—En gran medida, sí. Christian entendía la vida como una prolongación de la escritura. Sabía que toda biografía es, en parte, una ficción bien administrada. Lo peligroso no es fabular, sino creerse por completo la fábula. Él jugó con ese límite, a veces con demasiada audacia.

—Profesor Olavide, en sus estudios ha insistido usted mucho en la confusión —o, si se prefiere, en la complejidad— de las influencias políticas de Christian. ¿A qué se refiere exactamente?

—A una cosa muy simple, y al mismo tiempo muy incómoda para los clasificadores: Christian leyó sin obedecer. Leyó a autores que no forman un sistema, sino una constelación problemática. Leyó a Pound, leyó a Pessoa, leyó a otros espíritus igualmente tensos y contradictorios, y esas lecturas no le dieron una teoría política coherente, sino una sensibilidad política desgarrada. Eso aflige a algunos y desorienta a muchos, porque no hay ahí un programa, sino una temperatura.

—¿Y sus famosas invectivas, sus ataques nominales?

—Ah, eso. Conviene aclararlo con serenidad. Christian mismo me confesó —en cartas posteriores, muy claras y muy severas consigo mismo— que aquello no fue nunca una búsqueda científica, ni una indagación razonable del argumento. Fue una estrategia retórica. Una exageración deliberada. Hipérbole, si se quiere. Un procedimiento sofístico, consciente, para sacudir a la burguesía lectora, para impedirle la indiferencia cómoda.

—Sin embargo, con el tiempo se arrepintió.

—Profundamente. Llegó a decirme, con una lucidez casi dolorosa, que jamás debió poner nombres y apellidos en negro sobre blanco, ni siquiera de escritores menores, de esa infraliteratura que tanto le irritaba. Lo consideraba, retrospectivamente, una falta de decoro, de caballerosidad intelectual. Nombrar es ya conferir existencia; y Christian comprendió tarde que el silencio puede ser una forma más alta de desprecio.

—Se le ha acusado, en cambio, de haber escrito desde la comodidad material.

—Y es una acusación trivial. Es cierto: nació en una familia muy rica. Las investigaciones biográficas han mostrado incluso dos grandes descalabros económicos familiares, seguidos de reconstrucciones rápidas y eficaces. Christian fue, en efecto, un rentista. Pero eso no explica nada. Lo decisivo es que fue un trabajador obsesivo. Para él, no leer o no escribir era una forma de ultraje. Sentía literalmente que perdía el tiempo, que lo arrojaba por la borda. Nunca se permitió el relax, el abandono, el ocio entendido como distracción. Su otium fue siempre un otium disciplinado.

—¿Ni siquiera descansaba?

—No en el sentido corriente. Cambiaba de instrumento. Cuando no escribía, leía; cuando no leía, escuchaba música. Y aquí conviene decir algo importante.

—Adelante.

—La música fue su segunda gran pasión. Pero no cualquier música. Casi siempre música clásica, o lo que él llamaba —con una expresión muy suya— música humanista. Música tocada por el fuego de Dios, por una presencia real. No como evasión, sino como confirmación metafísica. La música no lo relajaba: lo ajustaba.

—Profesor, antes de terminar, permítame una última pregunta, quizá más personal. ¿Cómo era Christian en el trato cotidiano?

—Extraordinariamente correcto. Más bien antiguo. Educado sin rigidez, cortés sin servilismo. Podía ser irónico, incluso cruel en la página, pero en la vida real practicaba una forma de urbanidad casi extinguida. Y eso explica muchas cosas de su obra: el exceso verbal convivía con una ética de las formas. No soportaba la vulgaridad, ni siquiera cuando la utilizaba como arma literaria.

—¿Diría usted que hay algo que no se ha entendido todavía de él?

—Sí. Que su severidad no era resentimiento, sino exigencia. Y que su intransigencia consigo mismo fue siempre mayor que la que mostró hacia los demás. Eso, por desgracia, no suele figurar en los expedientes críticos.

—Para terminar, ¿cree que la publicación del epistolario será beneficiosa para su legado?

—Dependerá del criterio editorial. Si se publica con inteligencia, con aparato crítico y con supresiones prudentes, puede convertirse en uno de los documentos más reveladores de su obra. Si se publica sin filtro, como mera carnaza, traicionaría su espíritu.

Christian no escribía para ser absuelto, sino para ser comprendido. Esa debería ser la única guía.

—¿Qué quedará de él?

—Quedará una obra que no envejece bien con la prisa, pero sí con la relectura. Y quedará la impresión de una mente que se tomó en serio la dignidad del pensamiento. Eso, créame, es ya una forma de victoria.

—Para terminar, ¿cómo le gustaría que se le leyera?

—En silencio. Sin expectativas. Como se leen los libros que no piden nada, pero lo exigen todo.

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