Tu quoque 94

«La televisión se ha convertido en una de las fuerzas más poderosas de nuestro tiempo. Precisamente por eso, cuando se ejerce sin responsabilidad, puede causar daños profundos y duraderos, sobre todo en la formación del juicio moral y crítico de los ciudadanos. Existe una televisión que no informa, no educa y no eleva, sino que excita, estimula y embrutece. Allí donde la discusión racional es sustituida por el impacto emocional, la democracia misma queda socavada», Popper —liberal hasta la médula—, llegó a sostener que ciertos contenidos televisivos deberían ser regulados o directamente excluidos, no por moralismo, sino por higiene intelectual colectiva.

Pierre Bourdieu: «La televisión ejerce una censura invisible. No prohíbe: impone. Impone temas, impone ritmos, impone maneras de decir que hacen prácticamente imposible toda complejidad. Sólo existe lo que puede ser comprendido de inmediato, sin esfuerzo, sin distancia crítica. Lo demás —lo lento, lo matizado, lo incómodo— desaparece.» Y añade, con una lucidez implacable: «La televisión fabrica urgencia, emoción prefabricada, escándalo consumible. Convierte la miseria humana en espectáculo y la exhibe como mercancía».

Neil Postman: «El problema de la televisión no es que entretenga, sino que transforma todo en entretenimiento. La política, la información, la educación y hasta el sufrimiento son presentados como variedades de un mismo espectáculo. El resultado no es ignorancia, sino trivialización sistemática». Y su advertencia más célebre: «Temíamos un mundo al estilo Orwell, dominado por la censura. Pero olvidamos el mundo de Huxley: aquel en el que nadie necesita prohibir nada, porque lo que nos destruye es precisamente lo que amamos».

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Placer fácil y embrutecimiento y conformismo en lugar de una elemental ilustración. El espectador se habitúa a no pensar. La televisión no exige nada del espectador salvo su rendición. La dificultad, el silencio, la lentitud —condiciones del pensamiento— son tratadas como defectos intolerables. La telebasura no informa mal; informa de otra cosa. No conversa; excita. No busca la verdad; optimiza la emoción. No necesita mentir; le basta con descontextualizar, exagerar y repetir.

El despellejamiento, la burla, el escarnio, el chivo expiatorio semanal cumplen una función precisa: canalizar frustraciones, crear adhesión tribal, sustituir el pensamiento por el vómito emocional.

Estos programas educan en la crueldad banal, la risa sin inteligencia, bobalicona y vacía, la sospecha sin rigor, la humillación como forma de justicia.

NOTA BENE: Reflexiones al desgaire ideadas mientras, medio veía, medio oía, el vomitivo programa «De viernes», de Tele 5.

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