Tu quoque 97

1. Sartre:

«Muy pronto comprendí que era inteligente. No porque alguien me lo dijera, sino porque todo me resultaba fácil, excesivamente fácil. En la escuela me aburría. Aprendía sin esfuerzo lo que otros debían repetir. Esa facilidad, lejos de hacerme feliz, me aisló. Me sentía distinto, separado, como si mi inteligencia me colocara en una vitrina. No me volvía mejor ni más querido; me volvía sospechoso. Comprendí pronto que la inteligencia no es un don inocente: es una diferencia que se paga. Y yo la pagué con soledad, con una temprana conciencia de ser un monstruo razonable en un mundo de costumbres”.

2. Simone Weil:

“Siempre fui considerada una niña prodigio. Comprendía con rapidez, resolvía problemas que no se esperaban de mí. Pero esa inteligencia no me dio ninguna ventaja en la vida. Al contrario, me separó de los otros, me hizo incapaz de adaptarme. En la escuela era brillante, pero infeliz. Me sentía culpable de comprender demasiado deprisa, como si mi rapidez robara algo a los demás. Con los años he aprendido que la inteligencia no redime: sólo agrava la responsabilidad”.

3. Hermann Hesse:

“Desde niño fui considerado excepcionalmente dotado. Aprendía con facilidad, destacaba sin esfuerzo. Pero ese mismo don me volvió incapaz de vivir conforme a las expectativas. Mi rendimiento escolar era excelente, pero mi vida interior era un caos. Nadie comprendía que mi inteligencia no me ayudaba a vivir, sino a sentir con mayor intensidad la contradicción entre el mundo y yo. Fui un buen alumno y un mal hijo, un estudiante brillante y un ser humano desorientado”.

4. Thomas Bernhard:

“La escuela fue para mí una institución de aniquilación. Comprendía demasiado y demasiado pronto, y esa comprensión me volvió incompatible con el sistema. Los profesores confundían mi inteligencia con arrogancia, mi rapidez con insolencia. Aprendí que destacar intelectualmente no conduce al éxito, sino al castigo. Desde entonces supe que el pensamiento profundo es una forma de condena social”.

5. Blaise Pascal:

“Desde la infancia me vi arrastrado por una inteligencia que no sabía contener. Aprendía sin método, deducía sin maestro. Esa precocidad me aisló, me privó de la infancia común. Comprendí muy pronto que el espíritu brillante no descansa, y que su claridad no trae paz, sino inquietud. La inteligencia es una luz que ciega tanto como ilumina”.

6. Vladimir Nabokov:

“Fui un niño extraordinariamente precoz. Comprendía, recordaba, asociaba con una facilidad que los adultos encontraban inquietante. En la escuela mi rendimiento era irregular: sobresalía en lo que me interesaba y me hundía en lo que despreciaba. Aprendí pronto que la inteligencia no se traduce automáticamente en éxito académico ni en adaptación social. Pensaba con exceso, sentía con exceso, y eso me volvió incómodo para los otros”.

7. Fernando Pessoa:

“Siempre supe que mi inteligencia era superior a la media. No me enorgullecía: me pesaba. Comprendía con demasiada claridad la inanidad de la vida práctica. En la escuela aprendía sin dificultad, pero no pertenecía. Mi inteligencia me hizo lúcido y mi lucidez me hizo inútil para el mundo. No fracasé por falta de capacidad, sino por exceso de conciencia”.

8. Robert Musil:

“La inteligencia elevada no produce hombres eficaces, sino hombres problemáticos. En mi juventud destaqué intelectualmente, pero esa misma claridad me impidió actuar con la simpleza necesaria para vivir. Comprender demasiado pronto es una forma de retraso vital”.

9. Arthur Koestler:

“Fui considerado muy dotado intelectualmente desde niño. Pasé con facilidad por la escuela, pero no aprendí a vivir. Mi inteligencia me permitió analizar el mundo, pero no habitarlo. Comprendí más tarde que el alto rendimiento intelectual suele ir acompañado de una profunda torpeza emocional”.

10. Emil Cioran:

“La inteligencia es una maldición. Me permitió comprender demasiado bien mi inutilidad para la acción. Nunca confundí lucidez con felicidad. Desde joven supe que mi pensamiento me separaba irremediablemente de los hombres simples, pero también de la paz”.

***

Ojalá hubiera sido un poco más tonto, un poco más normal, para haber estado dentro. Eso no es desprecio de la inteligencia. Es hambre o deseo de tribu. Con los años, esto se templa; uno reivindica su rareza, la asume como identidad legítima. Pero el deseo retrospectivo permanece como una herida blanda, cenizosa, no como resentimiento.

Lo admito. Durante mi juventud sentí con frecuencia el deseo de ser como los otros, de no comprender tanto, de no sentir tan hondo. Envidiaba a quienes podían integrarse sin esfuerzo en el grupo, reír de lo mismo, vivir sin trascendencia. Me volví muy torpe para la camaradería, deseaba no pensar, ser uno más, ser un igual y no un exiliado. Mi inteligencia me había separado de la vida común. Soñé muchas veces con ser alguien más simple, más normal, incluso más mediocre, si eso me hubiera permitido pertenecer.

Ah la vida común de la pandilla. El billar, el cine, las conversaciones triviales, y el no comprender, no pensar. Amistades fáciles y sencillas, estar, inconscientemente, con los otros, y basta. Mi inteligencia me apartó de todo eso. Fue amargo ( y necesario) vivir sin vínculos. Ese fui mi vicio: convertir la vida a examen.

Deja un comentario