Quintiliano, «Institutio Oratoria», X, 2: «No basta con seguir a los mejores autores: hay que apoderarse de ellos. Pues quien se limita a reproducir palabras ajenas no progresa; en cambio, quien se apropia de sus pensamientos y los hace pasar por el crisol de su propio juicio, ese ya no copia, sino que continúa. Así como el hijo se parece al padre sin ser idéntico, así debe ser la obra respecto a sus modelos». Y Erasmo de Róterdam, «De copia verborum et rerum»: «Nada es tan ajeno al buen escritor como la obsesión por decir algo que nadie haya dicho. Lo importante es decirlo mejor, con mayor claridad, mayor abundancia y mayor elegancia. ¿Qué importa que otro haya tocado antes esa cuerda, si tú la haces vibrar con más plenitud?».
Lo mío no es del todo mío. La originalidad absoluta no existe sino en la ignorancia. Todo lo que escribo me parece ya escrito. La diferencia no está en la idea, sino en la tensión, en los soportes, en los andamiajes. La frase debe soportar el peso de todas las frases anteriores y, aun así, mantenerse en pie, con una casi invisible muleta tuya, o casi tuya. El plagio consciente es casi una forma de homenaje; el inconsciente es la verdadera pobreza del espíritu. Cuando copio una frase que admiro, me siento poco o nada culpable. Cuando la transformo hasta que ya no la reconozco, me siento escritor traidor. La literatura empieza cuando el modelo no desaparece.
