Sobre el trampantojo «Julio Iglesias» acuden a mi mente dos escolios ferozmente lúcidos de Nicolás Gómez Dávila:
«La prensa moderna no informa: excita. No educa: agita. No esclarece: aturde. El ciudadano cree opinar, pero solo reacciona. El escándalo es el método pedagógico de una sociedad que ha renunciado al pensamiento».
«La noticia sensacional no encubre la realidad: la reemplaza».
No es que estemos mal informados, es que estamos sobreinformados de lo irrelevante. El escándalo sustituye al argumento, y la emoción sustituye al juicio. Así se destruye el espacio donde podría formarse una opinión responsable. Muy pertinente Byung-Chul Han: «La sociedad de la transparencia no es una sociedad de la verdad, sino de la exposición. El escándalo no revela nada: consume atención».
Abunda lo trivial, el entretenimiento morboso, se silencia lo importante y se decide que solo existe en la conciencia pública la mierda.
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En las democracias avanzadas, la conversación pública tiende a nivelarse hacia lo inmediatamente accesible. No se prohíbe lo elevado, pero se lo rodea de tal indiferencia que acaba por desaparecer. El espíritu se acostumbra a lo fácil, y lo difícil empieza a parecer indecente. La vulgaridad moderna no consiste en que se diga lo bajo, sino en que solo se diga lo bajo. La conversación pública se ha convertido en una letrina iluminada: limpia, visible, pero destinada a excrementos. Y, además, una cultura que se alimenta de chismes públicos pierde el sentido de lo privado y, con él, el sentido de lo sagrado. No todo merece ser dicho, ni todo merece atención. Cuando esa distinción se pierde, la conversación se convierte en ruido y excrecencia moral. No todo merece ocupar nuestra conciencia. El pitañoso Julio Iglesias no puede colonizar mi mente. El barro mediático que rodea su caso tampoco.
Estas son las últimas y únicas palabras que le dedico. No tolero más porquerías ni en mi mente ni en mi vida.
