Nogueira, donde vivo, es una aldea pobre y mística, hundida en un valle de brezos y de robles, donde la lluvia parece no amainar. Las campanas llaman a misa con un tañido humilde, y los aldeanos, de rostro curtido y manos deformes, avanzan como una procesión de penitentes. Nogueira vive bajo un cielo bajo y pesado, como si la bóveda del mundo descendiese a aplastarla. Las casas, negras de humo y de siglos, se apiñan alrededor de la iglesia, que es a la vez refugio y amenaza. La aldea duerme encogida bajo la luna, con el silencio antiguo de las cosas que no esperan nada. Los pazos señoriales alzan sus torres como rezos de piedra, y las corredoiras, blancas de luna, se enroscan entre los maizales como sierpes. En el atrio de las iglesia, las cruces parecen guardar un secreto más viejo que la fe, y los perros, tendidos junto a los hórreos, ladran a las ánimas que pasan. Todo es pobreza resignada, fiereza oscura y una religiosidad hecha de resignación ancestral.
Las aldeas gallegas se adormecen entre montes húmedos, envueltas en una melancolía musical. Las casas tienen olor a leña mojada y a establo, y en las cocinas arde un fuego lento, como la vida de quienes las habitan. Todo parece viejo, resignado y lleno de una nobleza triste. Los caminos no conducen a ninguna parte, sino que regresan siempre al mismo punto, como los pensamientos de sus habitantes, presos de la memoria y del pasado.
Aquí moriré.
