Cyril 11

La angustia (acabo de tener otro ataque de angustia) se instala primero en el cuerpo, no en las ideas. Es un nudo en el pecho, una presión constante que no se alivia con razones. Puedo decirme que no hay peligro, que la adrenalina no puede mantenerse indefinidamente, que nada terrible va a ocurrir, y aun así el cuerpo persiste en su alarma. Es como si una parte primitiva de mí hubiera decidido no creer a la parte razonable. Entonces comprendo que pensar no basta; hay que esperar a que el cuerpo aprenda de nuevo a confiar. Esperar con estoicismo. Ya pasó. Queda ahora una débil nube de ansiedad en el pecho como una caja hueca y un ligero mareo.

He aprendido que la mente puede enfermar como el cuerpo, y que no hay vergüenza en ello. Ninguna vergüenza. Lo difícil no es aceptar la enfermedad, sino convivir con la conciencia de su posibilidad. Vivir, para algunos de nosotros, es mantener un equilibrio delicado entre la lucidez y el estado morboso. Pero una vida amortiguada, plana, sin temblores, sin picos y mesetas, me parece más terrible todavía.

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