Hoy estuve de tertulia con Pura, Lamas, Carlos, Cándido y Moncho. Nos reunimos en la Plaza Mayor, lugar al que llegué desde la Plaza San Lázaro (un recorrido muy hermoso, con piedras color de tortuga) Llovía. Llovía pausadamente, iluminando los helechos verdes en el prado y empapando la ciudad con su germinar de luz opaca.
Hay amistades que se parecen a una habitación cerrada, pero habitada: uno no entra en ella todos los días, pero sabe que alguien respira allí. El amigo verdadero no es aquel que nos distrae de nosotros mismos, sino el que nos devuelve a nuestro centro. A veces basta saber que existe para que la vida no se vuelva del todo inhabitable. Virginia Woolf: «La amistad es ese extraño acuerdo por el cual dos conciencias aceptan no invadirse. Los amigos no se explican; se reconocen. Hay en la amistad una ligereza que el amor no conoce, una libertad que permite a cada uno seguir siendo una isla sin dejar de pertenecer a un archipiélago».
La amistad verdadera no es expansiva. Es discreta, casi invisible. No se exhibe, no se proclama. Es una forma de pudor del corazón. Cuanto más profunda es, menos ruido hace.
También regalé mis tres últimos libros a Isabel. Algo más que una amiga, una cuidadora del corazón, al menos durante mucho tiempo. El miércoles que viene vendrá Lorena a casa. También le regalaré y dedicaré los libros.
Y, ya que hablamos de la amistad, la cita inexcusable es Montaigne. Léanlo con suma atención: «Si se me preguntara por qué amaba a mi amigo, sentiría que sólo puedo responder: porque era él; porque era yo. Nuestra unión no tenía otro fundamento que ella misma. No era una amistad común ni moderada, sino una mezcla de nuestras almas que borraba la costura que las había unido. En las amistades ordinarias hay contratos, intereses, intercambios; en la verdadera amistad no hay nada que intercambiar, porque todo se ha dado ya. No se entra en ella con reservas. Se entrega uno entero. Y así como el amor se explica por el deseo, la amistad se explica por la virtud».
