Soy naturalmente bonachón e ingenuo. Me cuesta imaginar en los otros propósitos aviesos y malévolos. El hombre bueno no se protege del todo; deja siempre una rendija abierta por donde el mundo puede herirle. Pero también por donde puede entrar, quizá, la gracia. Prefiero la vulnerabilidad a la dureza. Hay en mí una inclinación irrefrenable a excusar a los otros. A veces temo que esta disposición me destruya. Pero cuando intento lo contrario, cuando trato de endurecerme, algo se quiebra de un modo más grave. Tal vez la bondad no sea una virtud, sino una forma de respiración existencial: si la contengo, me ahogo.
Puede que sea debilidad o pudor del alma. O cobardía. No sé. Hay suficiente odio en el mundo. No deseo añadirle ni un átomo más. Dicen que el bueno es idiota. Creo que lo que es idiota e incomprensible es la crueldad. Permítanme tomar como argumento de autoridad a mi maestro Cervantes: «Más vale pecar por sencillo que por malicioso. Que la bondad, aunque burlada, deja al hombre en mejor lugar que la sagacidad torcida, que al fin se vuelve contra quien la ejerce. No hay locura mayor que desconfiar de todos, ni cordura más rara que obrar bien cuando el mundo invita a lo contrario». Hay una idea muy extendida —y muy pobre— según la cual la bondad sería una forma de déficit: déficit de astucia, de inteligencia estratégica, de malicia. Prefiero actuar con escrúpulos y tener bien alerta mis remordimientos. Conocí a un compañero de manicomio que se defendía de aquel horror solo con la bondad. Verlo actuar era un espectáculo. Ese muchacho había encontrado —quizá de forma intuitiva, quizá desesperada— una estrategia de supervivencia espiritual: oponer bondad al horror, no como ingenuidad, sino como único espacio inviolable. Allí donde todo te es arrebatado (control, prestigio, libertad, relato), la bondad se convierte en el último gesto soberano. Esa es mi ideología.
