La enfermedad me robó la juventud. Mientras otros aprendían a vivir, yo aprendía a sobrevivir. El hospital sustituyó a la escuela, el miedo al futuro sustituyó a la esperanza. Desde entonces supe que mi vida no seguiría el curso previsto. El daño ya estaba hecho. Digamos que iba montado en un tren y de repente, con la fractura vital de la esquizofrenia, el tren se detuvo en una estación, yo me bajé, y me quedé ahí de por vida, mientras el tren continuaba su marcha. Quizá por eso en mis ingresos en unidades de agudos y en manicomios empatizo tanto con adolescentes y jóvenes.
Mi corte biográfico no necesariamente debe ser una imagen paradigmática y reproducible. Aunque tengas una enfermedad mental grave desde joven puedes ir recuperando hitos sociales. Hoy sabemos que el pronóstico en primeros episodios es muy variable y que intervenir pronto (acortar la “duración de psicosis no tratada”, ofrecer programas de intervención temprana, apoyo familiar, rehabilitación, etc.) se asocia a mejores resultados en muchos estudios. El “tren” a veces se detiene, sí… pero a veces vuelve a moverse, quizá por otra vía, con otros tiempos y por otras estaciones.
Permítanme una confesión: no soy infeliz por acontecimientos concretos, sino por una sensación constante de no estar preparado para vivir. La vida parece exigir de mí algo que yo no sé dar. Mi adolescencia y juventud fueron raras y melancólicas. En la juventud me sentía excesivamente expuesto. Cada gesto parecía definitivo, cada palabra un error. Vivía con la impresión de que el mundo era demasiado grande para mí y yo demasiado frágil para él. Quizá por eso elegí desaparecer un poco. Después enfermé, y desaparecí del todo.
Mi juventud fue una caída silenciosa. Nada ocurrió de manera visible, sino insidiosa, y sin embargo todo se quebró. Desde muy pronto supe que no habría para mí una vida normal. El dolor no vino después: estuvo desde el principio.
Demasiado frágil y demasiado pronto para estar expuesto al horror.
NOTA BENE: En honor de la verdad, hay vidas “no normales” que son o pueden ser vidas con forma, con amor, con obra, con amistad, con lectura, con altura. No concedamos a la normalidad social el monopolio exclusivo de lo vivible y de la dignidad.
