Mi madre fue para mí más que una madre: fue la atmósfera misma de mi vida. Su sola presencia bastaba para disipar mis angustias, como si el mundo, al verla, se volviera de pronto habitable, amable y bondadoso. Todo lo que en mí hay de serio, de hondo y de fiel, procede de ella (mi amor a la forma, a la educación, a la cultura, a los libros) Si pudiera ver mis libros publicados, se habría sentido profundamente orgullosa -esta convicción se basa en la historia real de nuestro vínculo. A veces siento que la abandoné, que no hice bastante, o no estuve todo lo que pude, o no la protegí como ella me protegió. Acaso la culpa aparece donde hubo mucho amor, no donde hubo poco. Pese a que no creo en una existencia ni de un aparato sensorial ni de una conciencia post-mortem, pese a que ella no puede ya oírme, le sigo hablando, hago «como si» me oyera. No subsiste como conciencia, pero sí como sutil figura interna, como hermosa estructura moral, como delicado tono afectivo, como supremo criterio de valor, y, sobre todo, como absoluta fuente de legitimación. Memoria encarnada que vivirá dentro de mí mientras yo viva.
Es imposible escribir sin traicionar un poco a la madre, pero también es imposible escribir sin intentar, desesperadamente, estar a su altura. Mi madre vive en mi manera de callar y en mi manera de resistir. Hay madres cuya ternura no redime, sino que exige. Mamá fue la primera gran fuerza intelectual de mi vida. Su exigencia era justa, su amor incondicional, su confianza ilimitada. Todo lo que he escrito ha estado, de algún modo, bajo su mirada. No una mirada exclusivamente tierna (que también), sino una mirada que exigía estar a la altura de uno mismo.
Donde quieras que estés, escucha estas palabras sencillas y verdaderas: te querré siempre, y todavía después.
