Pedro López Lara, con su generosidad extrema, ha dicho un par de veces que tengo un buen Facebook, de los mejores de España, y que apenas es leído. Bueno, lo que es evidente es que apenas es leído; sobre que tenga uno de los mejores Facebooks de España, eso es más que opinable, y es una creencia extrañamente gentil y optimista de uno de los mejores poetas de España vivos como la del señor Pedro López Lara.
Pero sí que deseo decir varias cosas. Si mañana Facebook desapareciera, si nadie pudiera dar un me gusta nunca más a ninguna de mis publicaciones, yo seguiría escribiendo igual. Yo seguiría escribiendo igual y eso es lo que me define como escritor, ¿no? Lo que ocurre, lo que ocurre es que uno, no quiere ser famoso, mi fin, claro, no es ser famoso. Pero siento que hablo con cuidado, que intento hablar con educación y mimo, y escribir un post de cierta presunta e ideal calidad, y lo que pasa, decía, es que uno habla en una especie de habitación donde todos gritan y nadie se gira. Y eso cansa, ¿no? Eso cansa un poco.
Facebook es un lugar donde dejas migajas, no donde se celebra el banquete. Permítanme la anterior vanidad insensata o presunción orgullosa y delirante. Pero, bueno, digamos que no pido aplauso, estoy pidiendo un poquito, un poquitín de lectura. Ay, si conocieran ustedes las cifras de tráfico de mi Facebook se quedarían alucinados (prácticamente inexistentes)
No pido miles de me gustas como un narcisista adolescente. Eso no. Pero a veces a uno le duele la falta absoluta de repercusión. A ver, si me esfuerzo, ¿por qué ni siquiera tienen los post un mínimo eco? No es hambre de fama, es hambre de interlocución. Es desear que alguien esté ahí, del otro lado del texto, diciendo algo así como, Christían, efectivamente, te he leído. Y claro, como que eso no ocurre nunca, duele un poco, duele bastante, vaya.
Yo creo que las redes, y aquí me voy a precipitar casi seguro, no necesariamente premian la calidad. Premian más bien textos breves, con cierta simpleza emocional, exhibicionistas, premian el escándalo, la identificación inmediata, etcétera. Y cuando se tiene una escritura, hombre, no voy a decir densa, pero digamos un poco reflexiva, un poco estética, que exige un pelín de tiempo, un pelín de silencio, eso radicalmente, no sé cómo decirlo, se convierte en antialgorítmico, ¿no?
Ni siquiera leen en redes los «happy few», ¿verdad? Los happy few quizá ya no están en Facebook. Deben estar agotados, dispersos, cansados o mirando de reojo. En fin, yo no es que sea un gran escritor, ni mucho menos, pero creo que lo que escribo tiene un mínimo de valor. No creo que escriba meras ocurrencias. No creo que escriba solo tonterías para viralizarme.
El mundo no es idiota; sí, el mundo no es idiota. Alguna razón existirá para mi invisibilidad. No sé. Pero bueno, no voy a convertir mi tristeza en resentimiento. No sé… Bueno, la soledad pesa, la soledad… La soledad pesa. La soledad de no ser leído. En fin. Perdonad el desahogo.
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Byung-Chul Han: «Las redes sociales no producen comunidad, sino enjambres. El enjambre no escucha; reacciona. No hay silencio en el enjambre, y donde no hay silencio no puede haber atención. El pensamiento requiere pausas, demoras, zonas de baja estimulación. La comunicación digital, al eliminar esas zonas, no destruye la inteligencia, pero la vuelve improbable».
Roberto Calasso: «El lector verdadero es siempre minoritario y siempre tardío. No responde de inmediato. No aplaude. A veces ni siquiera comenta. Pero cuando existe, justifica toda la escritura anterior. El error moderno consiste en confundir visibilidad con existencia».
Annie Ernaux: «No escribo para gustar, pero escribir sin ser leída produce una forma de cansancio particular. No invalida el texto, pero hiere al cuerpo que lo produce. La literatura no necesita masas; necesita testigos».
Enrique Vila-Matas: «El verdadero escritor contemporáneo escribe rodeado de ruido y leído en silencio, cuando es leído. El problema no es la falta de lectores, sino la imposibilidad de distinguirlos en medio del estruendo».
