Cyril 19

Buen día el de hoy. Me levanté a las cinco y media y leí hasta las nueve. Después escribí un poco. Y para acabar la charla de nuestra perfecta tertulia (el tema apasionante: la ciencia, el escepticismo y el argumento de autoridad) Vuelvo ahora a escribir esta nota.

¿De qué escribiré? Deseo escribir sobre cómo me entono para poder escribir, cómo afino el instrumento o hago dedos al modo del pianista (escalas antes de Bach)

Antes de escribir necesito leer a alguien que escriba mucho mejor que yo. No para imitarlo necesariamente, sino para recordar el nivel al que debo responder. Un par de páginas a veces bastan; son como lavarse la cara en una fuente fría. También cuando noto que mi prosa se vuelve blanda o perezosa -incluso impostada- leo a los moralistas franceses. No para aprender nada nuevo, sino para reeducar mi oído. El estilo no se piensa como una solución a un cálculo, se contagia como un virus. Me gusta en mis frases un punto de demora, cierta curvatura y una final desaparición. Y que se muevan gobernadas por la dureza metálica y la dulzura del viento. Y que respiren como esa sabia danza de las abejas.

Woolf hablaba casi literalmente de “limpiar el idioma”. Cito de memoria: «Antes de escribir necesito sumergirme en una corriente verbal que me limpie de frases vulgares. A veces basta con una página de Shakespeare o de los griegos para que el lenguaje vuelva a obedecerme». Gibbon anota en sus memorias: «Mi estilo nació menos de mi ingenio que de mi familiaridad diaria con los historiadores latinos. Antes de escribir, me impregnaba de su cadencia hasta pensar casi en períodos». Pensar en períodos, no en frases. Exactamente lo que yo busco. Yourcenar combinaba la música con la lectura. A veces leía a los clásicos; otras, escuchaba música antigua. Ambos procedimientos tenían el mismo fin: hacerle olvidar el lenguaje de la calle.

No puedo empezar a escribir si no he leído antes una página hermosa. Es una superstición, pero les juro que a mí me funciona.

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