Cyril 20

La angustia hiperintensifica la percepción corporal y rompe la planicie. La ansiedad aumenta la conciencia del cuerpo, contrae el tiempo al instante, elimina la indiferencia, produce una sensación brutal de “estar aquí”. Eso no es placer, pero sí es PRESENCIA. Y ahí está la trampa. En estados de vacío, apatía o vida empobrecida como la mía, esa presencia puede confundirse con vida intensificada. No porque lo sea, sino porque rompe el silencio del sistema nervioso. Pero quiero dejarlo meridianamente claro: la angustia no es buena, no hay que fomentarla, y bajo ningún concepto es un gozo. A veces el cerebro confunde intensidad fisiológica con intensidad existencial.

Mi yo mágico me engaña diciéndome: «si algo duele mucho, entonces es más real». Pero mi yo lúcido sabe que lo real no necesita doler para ser pleno. La angustia convierte tu vida en una vida vivida a menos volumen.

Jünger creyó durante años que el peligro extremo “daba densidad” a la vida: «En el filo del peligro el mundo se vuelve nítido, cada objeto adquiere contornos precisos, y el hombre se siente plenamente presente». Pero más tarde, en sus diarios tardíos, rectifica: «Confundí durante mucho tiempo la intensidad del peligro con la plenitud de la vida. Hoy sé que era solo una iluminación violenta, no una luz habitable». Spinoza, en cambio, siempre lo entendió todo con magnífica claridad: «La alegría es el paso a una mayor perfección. La tristeza, por intensa que sea, es siempre una disminución de la potencia de existir». La verdadera vida no necesita violencia para ser intensa. Donde hay angustia, hay obstáculo, no aumento.

La buena vida es más una alegría que una zozobra (en el amor, la amistad, la cultura), aunque sepamos que vivir conlleva no pocos problemas.

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