¿Inteligencia y cultura separan del “rebaño”? Maticemos. La inteligencia reflexiva y la cultura exigente son minoritarias.
No porque la mayoría sea estúpida, sino porque pensar cuesta energía, tiempo, soledad, y porque no da recompensas inmediatas en una sociedad orientada al estímulo rápido. Ahora bien, aquí conviene una corrección: no toda mayoría es un “rebaño”, ni toda minoría es valiosa por ser minoría. Hay mayorías lúcidas en ciertos contextos y hay minorías dogmáticas, narcisistas o estériles.
El «ellos abajo, yo arriba», puede servir como estrategia retórica de provocación literaria (yo la usé y la uso), pero, bien pensada, es una idea pueril y adolescente.
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Una vida puede ser objetivamente limitada y existencialmente abierta. Con frecuencia hombres sanos, móviles y socialmente integrados están mucho más muertos que yo. Pese a estar enfermo, en mis ojos late una brutal curiosidad. Y demasiadas veces hombres sanos son menos libres que yo enfermo. La peculiaridad del mal de nuestro tiempo consiste en que los hombres temen más al juicio de sus semejantes que al de su propia conciencia. La tiranía de la opinión es hoy más temible que muchas formas de opresión política, porque deja menos refugios para el desarrollo de la individualidad. Y no pocos hombres con salud de hierro son infinitamente más toscos que yo. Yo ni afirmo ni deseo imponer el derecho a la incultura, todo lo contrario.
No soy un lúcido entre ciegos, pero me elevé uno sobre cero respecto al nivel de la masa, y esta pequeña diferencia, al ser el tono cultural pasmosamente bajo, hace que me diferencie mucho de ella. La masa odia la distancia. Todo aquello que se eleva, aunque sea un centímetro, le resulta sospechoso. No porque no lo entienda, sino porque le recuerda lo que no quiere ser.
Espero no haber delirado demasiado en esta nota.
