Cyril 26

El manicomio fue para mí una gran universidad del dolor y de la humanidad. Allí aprendí que la locura no es solo un abismo, sino un lenguaje que nadie quiere o puede o logra traducir. Nos llamaban enfermos, pero los verdaderamente mutilados eran quienes no podían amar o bien causaban sufrimiento. Entre aquellas paredes vi más ternura que en muchas casas respetables. Una extraña ternura tensa y silenciosa. El manicomio no me robó el amor; me la devolvió ensangrentado, pero vivo.

El hospital psiquiátrico también es una escuela de desnudez. No hay heroicidad allí, solo una fatiga elemental (polvo de barro en los pulmones, cristales en el cuello) de existir. Las horas no pasan; se acumulan, pesan y pesan. Pasan negras y pesan negras. En el manicomio comprendes que el dolor espera más que aúlla o grita. Y esa espera, interminable, esa espera del momento del colapso final es quizá la forma más pura de tormento.

La locura. Nada resulta más aterrador que sentir que tu propia mente ha sido declarada territorio ajeno.

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