Mi padre fue siempre una figura problemática, borrosa, apenas accesible. Me molestaba su energía violenta, pero admiraba su rigor, su nobleza, su frugalidad: un burgués superior, más razonador que bueno, de sentido moral inflexible. No estuvo realmente ahí —sobre todo a partir de mi adolescencia—, pero su ausencia pesaba más que muchas presencias.
Aprendí pronto que de ciertos padres no se hereda una voz, sino un obstáculo; no una enseñanza, sino una dificultad añadida para respirar. El padre puede convertirse —y es la primera vez que lo confieso en público— en un hecho patológico de la biografía: algo que no se supera, sino que se gestiona con mayor o menor lucidez.
Su autoridad no estaba templada por la ternura y su presencia resultaba opresiva. Ruidoso, algo impulsivo, lleno de vida, había en él, sin embargo, algo destructivo, como una fuerza que se desbordaba sin medida. Bastaba su mirada para que mi alegría se volviera cauta. Aprendí muy pronto que el amor filial puede coexistir con una obediencia llena de inquietud. Ni tirano ni refugio.
Era culto, industrioso, valiente. Pero con él se vivía encogido, atento, vigilante. Le tuve miedo durante muchos años. Mi locura lo destrozó. Nunca habló de sentimientos; su ética era seca, sin retórica, sin consuelo. Admirarlo no implicó nunca desear parecerme a él.
Solo cuando se volvió dependiente pude dejar de tenerle miedo. Recuerdo sus manos, ya torpes, buscando apoyo en el brazo de la silla; el silencio, más frágil que antes. Entonces comprendí que la autoridad también envejece, y que incluso el temor, con el tiempo, puede agotarse.
