Cyril 31

El escritor ridículo escribe para que lo miren. Escritores que se exhiben en vitrinas: hablan de sí mismos, se citan, se celebran, se vigilan.

Photocall de Zenda. No lo olviden. Los escritores que frecuentan recepciones, suplementos culturales y cócteles literarios son, por lo general, individuos que han sustituido el trabajo por la representación. No escriben libros: interpretan el papel de escritor. Todo en ellos es impostura, incluso su desprecio. La literatura es su pretexto; el escaparate, su hábitat natural.

«La celebridad literaria es, a menudo, inversamente proporcional a la densidad intelectual. Vivimos rodeados de autores que hablan más de lo que leen, que se promocionan más de lo que escriben. El ruido social sustituye al silencio creador. El escritor que no soporta desaparecer entre libro y libro suele tener muy poco que decir en ellos», Steiner. Y Ortega y Gasset: «La figura del intelectual convertido en espectáculo es una de las más tristes invenciones de la modernidad. El escritor que busca constantemente el aplauso termina escribiendo para el eco, no para la verdad. La cultura, cuando se vuelve exhibición, deja de ser exigencia y se transforma en ornamento social. El literato que se ofrece como producto acaba pensando como producto».

Se me llamará resentido, pero, honestamente, no puedo reprimir el asco que me producen este género de papagayos.

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