Cyril 32

Me quedé traspuesto y soñé. En mi sueño, el lenguaje adquiría una solemnidad intolerable. Cada palabra parecía cargada de siglos, como si fuese pronunciada por la historia misma. Desperté exhausto, no por las imágenes, sino por el peso del significado. Las palabras que oía no eran las del habla común. Cada vocablo tenía una resonancia infinita, como si contuviera todas las acepciones posibles a la vez.

Noto opacas y usadas, grises y sin magia, ya despierto, las palabras del día a día.

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