Me apenan los desprecios y los motes. Me duele la humillación repetida. Me entristecen las burlas, los comentarios de befa, recibidos desde mi joven adolescencia. Pero me enorgullezco de no haberme convertido en alguien cruel, duro, sarcástico, mordaz o vengativo. Me honra (disculpen la vanidad) haberme convertido en alguien incluso bondadoso. No respondí al odio con odio, a la agresión con agresión, a la sevicia con la sevicia.
He sido ridiculizado por mi torpeza, por mi habla pastosa, por mi modo de babear, por mi incapacidad para participar en la vida común. Nunca respondí con odio. No porque no lo sintiera, sino porque comprendí que odiar habría significado aceptar el lenguaje de quienes me herían inhumanamente.
Nunca permitiré que el odio eche raíces en mí.
