Siempre hablo de mí. Yo, yo, yo, y dale cuerda, dale que dale, al yoyó.
No hablar de viajes, mujeres, ciudades o juergas, ¿me empobrece literariamente? Acaso esa es una superstición contemporánea. Montaigne no viajó apenas; Kafka no vivió aventuras; Pessoa apenas salió de Lisboa; Cioran repitió durante décadas los mismos cafés y las mismas ideas. La experiencia exterior no garantiza nada.
Me gustan aquellos de mis escritos en que el yo es una lente para ver el mundo, pero me hastían los que son un espejo que no devuelve nada. El yo no aburre cuando es profundo; aburre cuando se vuelve previsible incluso para quien lo escribe.
Me fatigo de mí, me contradigo, me desdigo, huyo de mi retrato en el mismo momento en que lo trazo. Yoyó. Me analizo porque no tengo otra cosa que hacer, y cuanto más me analizo menos me intereso. Si hablo tanto de mí es porque no consigo salir de mí, no porque me importe demasiado. El narcisismo verdadero sería estar satisfecho; yo no lo estoy. Me aburre ser Christian Sanz. Me observo porque no tengo escapatoria, no porque me admire. El yo es una prisión; escribir es golpear sus muros sabiendo que no caerán, que permaneceré entre ellos siempre. Me cansa mi vacía autobiografía sin hechos.
Me cansa hasta el mareo ser Christian Sanz.
