Cyril 37

Hay algo como una auto-reducción patológica (“yo soy mi enfermedad”) que queda desmentida por mi infancia, reino afortunado, paraíso sellado. Es como recordar una abundancia de deseo, de energía y salud, de sol e imaginación, un paraíso que recuerdo perfecto (ninguna infancia lo es) debido a que no tuvo continuidad. Lo que torció la vida fue la irrupción de lo psicótico.

Todo era absoluto: el juego, el Scalextric, la playa, los libros, el deseo, los amigos. Por eso, cuando los rememoro, no echo de menos solo lo que ocurrió, sino la forma en que mi corazón era capaz de hacerlo todo con ello. Una alegría sin que la saquease ningún infortunio.

De las sombras que necesariamente hubieron, juro que no recuerdo ni una. Fui un niño inmensamente feliz. Soy un adulto abrumadoramente vulnerable. Puebla mi memoria aquel regaliz dorado.

La nostalgia no es un burdo pasatiempo.

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