Cyril 39

Conviene recordar a Neil Postman cuando advertía que el problema no era que la televisión mintiera, sino que todo lo que tocaba lo transformaba en espectáculo. El medio no es neutral: convierte la tragedia en secuencia repetible, la muerte en primer plano, el duelo en testimonio crudo, la intimidad en mercancía emocional.

La intimidad no es un residuo del pasado ni una manía burguesa; es una condición de posibilidad de la vida interior. Sin intimidad no hay pensamiento lento, ni duelo verdadero, ni deseo no colonizado. Cuando el dolor, el sexo o la humillación se exhiben no se liberan, se expropian. No es la persona quien decide narrarse; es el sistema quien extrae valor de su exposición. Empresas privadas se benefician de aquello que debería permanecer inviolable.

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«Cuando una tragedia se transmite como imagen repetida, cuando el dolor se convierte en contenido visual, ya no se nos pide comprender ni juzgar, sino consumir emociones. La televisión no está equipada para la reflexión moral; está diseñada para retener la atención. Así, el sufrimiento ajeno deja de ser una llamada a la responsabilidad y se convierte en un episodio más, intercambiable, olvidable», Neil Postman.

«Las imágenes del dolor no nos hacen necesariamente más sensibles. La repetición del horror produce familiaridad, y la familiaridad produce indiferencia. Hay algo profundamente problemático en la exhibición reiterada del sufrimiento ajeno: el espectador no puede ayudar, no puede reparar, no puede intervenir. Solo puede mirar. Esa mirada, cuando se institucionaliza, corre el riesgo de convertir el dolor en un espectáculo moralmente neutralizado. Ver demasiado es una forma de dejar de ver», Susan Sontag.

NOTA BENE: Ideas inspiradas en el tratamiento mediático del accidente ferroviario de esta noche.

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