Los títulos me salen de golpe, luego paso cinco, a veces diez minutos, de buril. Deben tener pringue, olor, evocación estilística, y, sobre todo, sinestesia. De ahí su poca correspondencia con el contenido. Me gustan los títulos que desorientan al lector, nunca los descriptivos.
Sobre ‘Diario de un esquizofrénico’, basta decir esto: no es solo un diario y yo no soy —en absoluto— el esquizofrénico típico. Quería impactar con mordiente literaria, como «Diario de vulva carmelita»(‘Esquizofrenia’ tiene algo de palabra tabú)
Los títulos me salen de golpe, insisto. «Pertinencias e impertinencias» se iluminó en mi mente debido a un bufido de sol repentino en mi cara. «Diario del falso aristócrata» me gustaba porque en voz alta me sonaba ridículo, a mancha de pintura de Pollock en las paredes. «Diario del zalapastrán», surgió de «zal» y «tran» que me deja en la lengua un blanco de huevo apenas pasado por agua. «Diario de Aquitania» se debió a un azar: «Antioquía», la palabra original prevista, la asociaba a un familiar político muy insoportable, y «Aquitania», al amarillo de patata frita de mi hermana Noemí que comió en el borde de una piscina cuando tenía cuatro años.
Me gustan títulos inteligentes desde dentro y falsos desde fuera. Por eso «Geomancia del tedio» y «Ecce homo». Engañan con elegancia y saben a helado de grosella chorreando de la boca.
De mis dos últimos títulos de libros no publicados, «Ad hominem» y «Cyril», solo decir que son rótulos irónicos y agresiones controladas. Y deliberadamente extranjeros, porque provienen del color verde mate de los pistachos turcos.
